lunes 16/5/22

La larga sombra de Prisciliano

Por el barro de alguna plaza de la actual ciudad alemana de Tréveris rodó, un día del año 385, la cabeza del primer hereje ejecutado por sus ideas religiosas en el orbe cristiano. Poco se sabe de Prisciliano de Ávila más allá de que era originario de Hispania y de que sus prédicas, más apegadas a la tradición indígena que a las influencias orientales de las que se nutría la Iglesia oficial del momento, atrajeron a los sectores populares de las extremas provincias del occidente imperial, las que se desdibujaban en las brumas del noroeste de la península ibérica, las del finis terrae.

Un escándalo fue que Prisciliano anduviese rodeado de pobres y mujeres, que rezase desnudo a la luz de la luna o que criticase la reciente unión de la Iglesia y el Estado romano bendecida por el emperador Teodosio. Por eso la justicia romana cayó sobre él en tierras de Germania. Y cayó sobre él de tal manera que nació un mártir del que bien puede decirse que tuvo más seguidores de muerto que los que tuvo de vivo.

No es de extrañar que el galleguismo reivindicara el legado priscialinista. Desde Murguía o Castelao ha seducido aquella estela que dejó el mártir en la provincia de la Gallaecia durante los dos siglos posteriores a su muerte. Si los historiadores vieron en la escuela de Prisciliano una señal de las mudanzas sociales de la época, el poeta siempre pudo imaginar que con ella empezaron a soñar los gallegos con el eterno deambular por el mundo embarcados en una nave de piedra que los alejaba del centro del Imperio. Y así no hay quien falta, empezando por Unamuno, que asegure que los restos del Apóstol hallados en Iria Flavia no serían otros que los de Prisciliano, traídos en temprana protoperegrinación desde el lugar de su muerte en Alemania.

Pero hete aquí que hay que tener en cuenta que la provincia de Gallaecia desbordaba los hoy límites gallegos. Si las actuales tierras asturianas y leonesas estaban incluidas en aquella demarcación romana, no fueron menos en el fervor con el que siguieron la herejía. Y al frente de ese galaico convento asturiciense estaba la sede de Astorga, el antiguo obispado donde también los priscilianistas fueron legión. Y si no que se lo pregunten a Simposio, padre de Dictinio, ambos obispos de la ciudad del Tuerto y fervorosos seguidores del priscialinismo, perseguidos los dos por la doctrina oficial del cristianismo. O a Santo Toribio, otro prelado que ocupó la silla astorgana y que, esta vez desde el cristianismo ortodoxo, denunció con horror que la herejía se resistía durante el siglo V a despegarse de entre los dedos de los fieles de su diócesis, todavía afines a dejar lámparas en los cruces de los caminos, a leer las nubes, a seguir unas prácticas antiguas que encajaban mejor con las ideas del hereje Prisciliano, el díscolo obispo al que Menéndez y Pelayo no dudó en colocar a la vanguardia de los heterodoxos españoles y que, con su mitra y su báculo, pastoreó desde antiguo algunos de los inciertos vientos del noroeste ibérico.

La larga sombra de Prisciliano
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