sábado 5/12/20

Churchill, Hitler y el pintalabios

Si siempre son o han de ser tiempos de prudencia, esta ha de acentuarse en momentos difíciles como el que vivimos y seguramente seguiremos viviendo. Tiempo de prudencias, no de culpas, al menos como sistema y actitud. Tiempo también de eslóganes y aplausos para levantar el ánimo de la ciudadanía, no de la tropa, en esa manía innecesaria de recurrir al lenguaje bélico y belicoso. Es verdad que muchos, por no decir todos, llevamos muchas pérdidas constatadas.

Pero me dan ánimo los versos de la poeta chilena Stella Díaz Varín: «No quiero/ que mis muertos descansen en paz/ tienen la obligación/ de estar presentes». Que, como sucede, nunca sean armas arrojadizas. Ni en broma.

Buenos días. No sé cómo estarán ustedes, al margen del grado de miedos y preocupaciones. Es verdad que, como nunca, y desde ámbitos muy diversos, nos envían permanentemente alientos solidarios y vitales. Y de humor, que no falte, aunque esconda a veces ciertos temblores inevitables. Es o son fórmulas para agradecer la insistencia en nuestra fortaleza y autoestima. Entre ellas, claro, evitar la dejadez, provocar la normalidad y cuidar el aspecto.

Suele ocurrir esto en algunos tiempos difíciles. Por eso en los últimos días recordé esta idea de la sociedad civil en la segunda contienda mundial. El gobierno británico —y ahí quedó la abundante cartelería— creyó que la pintura femenina de los labios (todo hay que entenderlo en un contexto) era una forma de levantar la moral de la población. Suponía una fuerza sicológica que no otra cosa mostraba más que la normalidad de la vida en tiempos que nada era normal, siguiendo aquel curioso principio de la época de ‘barra de labios para ellas, cigarrillos para ellos’. La barra de labios, en concreto, en cierta medida como expresión del cuidado, la elegancia y la belleza femenina, se convirtió en un indicador de al menos la apariencia del optimismo. Beauty is your duty! («¡La belleza es tu deber!») se convirtió pronto en un eslogan apoyado también por Winston Churchill. Y, además, ponía de los nervios, al parecer, a Hitler, que, entre tantas rarezas, debía de sentir odio —otro más— por la cosmética y sus manifestaciones.

En fin, que no es para asistir a la cita de los aplausos con pajarita, vestido largo y maquillaje fresco. Pero dar una nota colorista a la vida siempre templa nuestra estima y ayuda a sobrellevar la situación. El pintalabios, entiéndanlo, es una metáfora. Buena suerte. A todos, por favor.

Churchill, Hitler y el pintalabios
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