martes 12.11.2019

Matías Díez Alonso

Siempre son dolorosas las despedidas de los amigos, sobre todo si son definitivas. Hace un mes, la de M.D.A. A uno, sin embargo, le queda la esperanza del recuerdo. Porque, a pesar de la debilidad de la memoria colectiva que anida por estos pagos barnizados de moridos de amor, el día que se escriba nuestra más reciente historia, figurará como referencia inevitable, esencial de esta tierra que él ayudó a descubrir y valorar.


Paradigma del amor por lo leonés, sin ninguna etiqueta empobrecedora ni excluyente, fue un hombre curioso, con la curiosidad por el saber que abre las puertas a diversas realidades e inquietudes, desde las estrictamente profesionales a las añadidas por devoción. Añádase en el último caso a la curiosidad investigación y trabajo, cualidades que explican el ingente legado que nos ha dejado. Súmese, si es que puede separarse de esta actitud global, el trabajo de campo. Formaba ya parte de nuestro paisaje, que recorrió una y otra vez, incansablemente, siempre sorprendido, atento de fina sensibilidad, buscando confirmaciones, esperando la sorpresa o enlazando una serie de datos que conformasen un relato coherente, muy consciente de que la realidad como conjunto tiene muchas aristas que es necesario ensamblar. Todo ello lo fue desgranando, a lo largo de muchos años y para satisfacción de muchos interesados, en conferencias —ilustradas con sus clásicas diapositivas—, artículos, muchos de ellos publicados en estas páginas, y libros. En todo momento de conversación amena, ilustrada y entusiasta, con el entusiasmo legítimo de quien va eliminando los velos de lo oculto.


No cabrían en esta columna ni siquiera los títulos de su generosa bibliografía. Autor prolífico, con múltiples monografías locales y zonales que apuntan hacia todos los puntos cardinales de la provincia, quiero dejar un par de títulos como recordatorio de conjunto y referencia que supuso un hito a la hora de dar a conocer los valores de esta tierra. León, sus tierras y sus hombres (Everest, 1982) supuso una mirada amplia que concitó el interés de numerosos lectores. Antes, y en fascículos editados por este periódico con mucho éxito (1978), Mitos y leyendas, que hizo casi coincidir en el tiempo y en sus mismas condiciones, con Castillos de León.


Por encima de su ingente labor, Matías fue un hombre intelectualmente honesto y humanamente bueno. Para tantos, una personalidad clave en nuestro contexto y un maestro indiscutible y generoso. El don de la amistad.

Matías Díez Alonso
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