Diario de León

Alfonso García

Ministerio de la soledad

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El asturiano Padre Ángel, el de Mensajeros de la Paz, que tanto honor hace a su nombre y tanto sabe de la condición humana, especialmente de los más desfavorecidos, insistía recientemente sobre el asunto que titula esta columna en estas mismas páginas. Asunto serio para la reflexión. Y para la acción, por supuesto. Es verdad que la idea no es nueva y que incluso está instaurada en algunos países (Japón, Reino Unido,…). Pero no por eso deja de ser menos necesaria. Diría que urgente. No se trata de llevar ninguna voz cantante, tan de moda eso de ser el primero, sino de aplicar soluciones a las cambiantes realidades sociales. Si el hecho de esta soledad ya viene siendo constatado desde hace tiempo como síntoma producido por los nuevos paradigmas en que se mueven buena parte de nuestras relaciones y actuaciones en el escenario social, creo que también la pandemia ha generado más pobreza, más aislamiento y soledad. Desgraciadamente, así están las cosas —fácilmente constatables para quienes quieran verlas—, con todas sus consecuencias penosas como resultado para un número creciente de la población. Esta soledad impuesta, que obedece a múltiples razones, la pobreza como referencia importante, está generando bolsas humanas —perdonen la expresión— tristes, apesadumbradas y sin rumbo en la vida, la peor de las certezas a la que todos estamos expuestos.

No es por ello y para nada fuera de sitio, todo lo contrario, solicitar humildemente que la Administración y sus redes operativas pongan sobre el tapete el asunto con el rigor que exigen las circunstancias, la necesidad de aplicar planes concretos y la urgencia de llevarlos a cabo. Ha de tratarse de un plan colectivo y cohesionado porque la condición del ser humano es, o ha de ser lo más importante en cualquier Estado que no entienda a las personas como piezas de un engranaje sin alma. No es necesaria, por otra parte, una sociedad misericorde, sino justa, en que la filantropía, aceptada, no sea, de cualquier modo, más que un complemento de la justicia. Cuando un Estado —y no hablamos de ninguna perspectiva política— no mira y atiende como se merecen a los débiles y desamparados —que levante la mano el que no piense…—, su fortaleza deja de serlo. La armazón en que se sustenta es de cartón-piedra. La pura fantasía de los sueños se desmorona con suma facilidad.

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