jueves 19/5/22

Casa Chucho

La infancia se nos muere a cachos algunas mañanas en las que vamos a buscar un recuerdo y encontramos sólo el hueco que deja su falta. La huella revela la herida del tiempo ido que creíamos a salvo en el resguardo de un espacio común, pero que se desvanece con la desaparición del guardián que lo cobijaba. De pronto, perdemos espacios en los que dejamos retales de existencia. No hallamos las cosas donde estaban, aunque todo parece en el mismo sitio: el obrador, la cola del pan que da la vuelta a la esquina, los pasteles detrás del mostrador, la puerta que se abre con el olor dulce de la masa que crece en el calor moroso del horno... Hasta que caemos en la cuenta de que los territorios evocados no existen si no los habitan las personas que les dieron vida. Me ha pasado esta semana, después de que se fuera en Boñar, de repente Jesús Barba, Chucho, con toda la memoria de una época detrás, con la inmensa humanidad de una persona sin la que no se entiende un pueblo y su contorna.

La pérdida se anota en el saldo de un pueblo que no se entiende sin personas como él. Fue ayudante en el taller de bicicletas de Macario, ganadero y pescadero con su madre, antes de montar la panadería y pastelería en la que despachó durante más de medio siglo, bautizada Casa Chucho, como no podría haber sido de otra forma para quien abría siempre las puertas de la suya a los demás con una sonrisa irrenunciable, quien tiraba del humor con una escalera y una campanilla para salir a buscar a los Reyes Magos con la ristra de guajes detrás. En los madrugones sin descanso patentó los Chuchos, los hojaldres que le perviven, y junto a su mujer, Tere, asentó como referencia ineludible para todo el que pasaba por Boñar un negocio cuya herencia legó para que ya sume a la tercera generación detrás del mostrador. Su marcha se suma a un vacío que desde su despacho hasta la plaza del Negrillón descubre la ausencia de todos los que la dieron vida: la prensa de Amancio; las mollejas de Cordobín; todo lo imaginable en Pepe Preciosona; la silla de barbero de Benito, el Divino; las juergas de Blas; la carnicería de mi abuelo Lumi, la Liebre... Se me ha muerto otro pedacín de infancia: esa que iba con una raja de jamón desde la trastienda de mis abuelos hasta su obrador para que me la cambiara por un dulce. He perdido el sabor de un «helado de leche fresca», Chucho, y no lo voy a poder recuperar.

Casa Chucho
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