jueves 19/5/22

El apagón

La educación sentimental de un guaje de los ochenta provoca que el mecanismo de la amígdala salive cuando, de pronto, en mitad de un noviembre anodino, se resucita a los rusos como enemigo de Occidente. La sobredosis de terror soviético, inoculada por vía de celuloide hollywoodiense durante años, más allá incluso de la tarde de diciembre de 1989 en la que Bush y Gorbachov pactaron en el buque Máximo Gorki el final de una época sobre los escombros del Muro de Berlín, resucita ahora con la amenaza del corte de suministro de gas de cara al invierno, mientras las eléctricas pasan a un segundo plano discreto desde el que multiplicar los beneficios con la connivencia del Gobierno. Quién nos iba a decir que la nueva Guerra Fría, al final, se resumiría en esto: un metáfora para la cortina tras la que se esconde el avance de la pobreza energética. 

A punto de preguntar por el teléfono rojo para saber si volamos hacia Moscú con las bodegas de los B-52 listas para soltar las bombas, la conspiranoia ha empezado a cebarse con los lineales de los supermercados, donde me cuenta una amiga reponedora que no dan abasto a rellenar las existencias de botellas de agua y latas de conserva, como sucedió en la pandemia con el papel higiénico y en los Juegos Olímpicos de Río con los condones. El miedo se ha extendido incluso a la planificación energética con el encendido, aunque momentáneo, de las centrales térmicas. No importa mucho aquí, donde menos mal que vamos a vivir del aire de las eólicas y nos podremos arrimar al calor de los huertos solares, a la vez que en Alemania y Polonia continúan con el carbón como reserva estratégica.

El análisis lo suscribió el presidente de la Junta al detallar que el cierre de las minas provoca paro, despoblación y subida de la luz. Se olvidó Alfonso Fernández Mañueco de advertir que su partido, junto al PSOE, enterró la minería con su abandono progresivo, mientras la administración autonómica de la que formaba parte utilizaba los fondos Miner para ahorrarse las inversiones ordinarias que debía hacer aquí y que, por casualidad, cimentaron el auge del eje castellano de Valladolid, Burgos y Palencia. Pero esa es otra guerra fría. Vamos a centrarnos en lo que estamos. Atentos al apagón y tranquilos con el desabastecimiento de ginebra por el Brexit. Estamos librados: tenemos reservas en el Búnker de Las Grañeras.

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