lunes 20/9/21

El filo de la aguja

La asimetría de la pandemia empezó con esconder a los ancianos en las residencias, estigmatizadas como focos de contagio, y va camino de terminarse con su exhibición como amuletos. Los mismos a los que se arrinconó en los geriátricos, tratados casi como lazaretos a los que exigía desde la Junta un salvoconducto especial cuando reclamaban trasladar pacientes a los hospitales o llamaban para que fueran los sanitarios a atender los síntomas que no siempre concordaban con el virus, lucen con las puertas abiertas para mostrar el milagro de la vacunación. Ahora, se fotografía a los ancianos arremangados, con el brazo en ristre, para mostrar que la primera línea de la ofensiva contra el coronavirus se encuentra en aquel segundo plano en el que nos conformamos con dejarlos durante aquellas semanas en las que comprábamos papel higiénico como para hacer un tifo en el fondo sur, horneábamos pan con tutoriales de internet, espiábamos a los que paseaban a los perros y salíamos a aplaudir a las ocho para que la inocencia de las puertas adentro nos contagiara. Allí fuera quedaban ellos, a expensas de la falta de instrucciones claras entre administraciones, encomendados a la fortaleza del personal que llegó a confinarse dentro para protegerlos, a la espera de que llegaran los únicas visitas que cursaban por entonces: la puntual cita del coche de la funeraria, que tenía que hacer media docena de viajes a algunos de los centros para que los internos no durmieran con la muerte acostada en la cama de al lado. Los hubo que se dejaron ir de pena sin que su familia supiera muy bien cómo.

La esperanza se asoma ahora en esos balcones en los que la vida reclama una prórroga. Los héroes de esta resistencia, bautizados con nombres que ya sólo aparecen en los libros de Luis Mateo Díez, desafían a la ignorancia de quienes construyen teorías de la conspiración en el filo de la aguja para desconfiar de la vacuna. Ya están ellos ahí incluso para refutar a los tontos. Este martes le toca el turno a Anita. Suma 92 años abismados en dos ojos azules desde los que se avista el cielo claro sobre los cáscaros de Rabanal de Luna y en los que se mira la prole crecida al calor del altillo de la chapa de la cocina. Este verano, Anitina, te esperamos en ese regazo del tiempo que vuelve para enseñarnos que los mayores no deben quedar atrás sino marcar el camino.

El filo de la aguja
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