Diario de León

Creado:

Actualizado:

Habían quitado la cama de matrimonio y retirado todo contra la pared para hacer sitio. El portalón de fuera rendía abierto de par en par y, desde la plaza, entraba por el corredor la gente en silencio hasta colarse en mitad del pasillo de la casa de mi abuela. Delante de la segunda habitación a mano izquierda, frente por frente a la puerta desde la que se pasaba a la trastienda de la carnicería, me quedé parado. La claridad de la ventana que se asomaba al patio me cegó. A mi espalda, alguien, quizá madre, me apoyó la mano y me dijo que fuera a verlo. Estaba allí adentro. Faltaba el colchón donde tantas veces me había arrebujado bajo las sábanas, con la cabeza amparada entre sus manos inmensas y su pecho, para que me contara la historia de la loba a la que había engañado su padre, aquella noche que volvía de trabajar de la mina y la halló a punto de entrarle a las vacas. No podía ya narrarme cómo la alimaña se había ahogado al confundir con un queso el reflejo de la luna que se espejaba en el fondo del pozo. Se habían acabado los cuentos. Me asomé a aquel vacío que se abismaba en medio de la estancia, donde descansaba la caja, apoyada sobre dos soportes metálicos. Al mirar dentro conocí por primera vez a la muerte agazapada bajo los párpados cerrados de mi abuelo Lumi.

Vino después más veces. Apenas un año después pasó a por su padre, el bisabuelo Chencho, la primera Liebre , quien en el friso del centenario despedía la noticia de cada vecino muerto con la porfía de que le esperara allí muchos años. Casi sin tiempo citó a mi otro abuelo, Cruz. Con mayor o menor frecuencia, no ha parado en los 34 otoños que van desde aquel guaje de 8 años hasta ahora: amigos, familiares, compañeros, conocidos, personas que coincidieron cerca en algún momento... Todos dejaron el hueco que aparece cuando, una anécdota, una canción, un olor, unas palabras, una fecha, alimentan el recuerdo de la huella que dejaron en la vida de los demás. Es ley, pese a que en estos tiempos se intente aislar a los niños en un limbo idiota que les oculta el aprendizaje de las reglas de la biología. No conviene olvidarlo, como nos despierta cada primero de noviembre.

Pero nada de prisas. Tenemos una deuda con ellos. Esta mañana, en el espejo del baño, descubrí las bolsas violáceas de los párpados donde se acurrucan los ojos vivos de mi abuelo Lumi.

tracking