lunes 10/5/21

Orgullo arlequinado

El fútbol tiene poco que ver con el espectáculo para rentabilizar audiencias en el que se ha convertido. El fútbol resiste en los campos pequeños en los que no se pervirtió en los falseos de la industria, allí donde los clubes de base se levantan sobre el barro para que perviva la esencia del juego: una pelota como excusa y dos equipos que, conjurados en la fuerza exponencial de la multiplicación de los individuos con un propósito común, intentan meterla en la portería contraria. Sí, sí, ya lo sé, lo del chiste de los hombres en calzoncillos y las cosas que no son importantes para los intelectuales fetén. Pero yo aquí vine a hablarles de otra cosa: una escuela en la que crecí, a la que debo buena parte de las herramientas con las que me manejo en la vida en sociedad, a la que me ata un sentido de pertenencia irracional por la deuda de gratitud eterna que le debo a quienes forman parte de la comunidad en la que forjé carácter, en la que ahora veo con orgullo crecer a Martín y Mateo porque no todo se aprende en la escuela y en casa. Venía a contarles que soy del Puente Castro y que el jueves se nos fue, con las botas puestas mientras veía los entrenamientos, Luis Quijada: uno de los nuestros, el depositario del alma de un club canchero, barrial, que adopta guajes para convertirlos en personas con códigos que no se pueden traicionar. Donde va uno vamos todos. Nunca se deja a nadie atrás.

Quijada formaba el ADN del Puente, donde se formó de portero, cuando los porteros y los centrales tenían bigote porque eran personas que se hacía respetar, no escaparates con los brazos garabateados como la puerta del baño de un pub, ni carteles de Llongueras sobre los que Di Stefano ya alertó cuando expuso que el fútbol de verdad se había acabado en el momento en el que entró en un vestuario el primer secador de pelo. Después, lo fue todo: ayudante, delegado, compañero, amigo y cómplice para los miles de guajes que pasaron por el ahí: una de esas personas que hacen importantes a los clubes pequeños por la generosidad insobornable que deja huella en su hijo Luis y su nieto Adrián, encargados de prolongar el apellido en el campo.

Ahora, arriba, con la cabeza alta y el orgullo de vestir de arlequinado por todos los que lo hicieron antes y los que vendrán detrás. Hoy juega el Puente en el Golpejar. Hay que «apretar un huevo contra otro y tirar para adelante juntos», como arengaba él. Vamos. ¿No oís cómo os llama Quijada?

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