Diario de León

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La amenaza invisible del virus ha ayudado a redefinir la figura sustancial que convierte al verano en una estación de paso en los pueblos. Sin el veraneante, que recibe el bautismo como resultado de su propia existencia, las poblaciones rurales que el resto del año se desperezan con el pitido del panadero pasarían desapercibidas en la monotonía de los trabajos que dan sentido a sus días. Convertidos en un personaje con el que se saluda la entrada del estío, al rebufo de los tractores que ahora cardan los marallos de hierba segada para dibujar grandes rollos como los que antes sólo se veían por la tele en las sobremesas del Tour de Francia, la plantilla flotante que engorda el padrón entre julio y agosto se apunta este año en la lista de las especies peligrosas. La sombra de la posibilidad de contagio carga el miedo a lo que llega más allá de la raya en la que el cartel anuncia el nombre de las poblaciones. Afectado por una trama de Hitchcock, en la que todo el mundo se vuelve sospechoso hasta que se demuestre lo contrario, el veraneante sobrevive este año solapado entre el resto, escondido buena parte del tiempo en casa y empeñado en la selección de espacios seguros en los que entregarse a la celebración de las vacaciones como si fueran fiestas privadas. Ahí, confía en que no hay peligro, como si la raya de su parcela higienizara por sí sola a los que invita a cruzar con toda su geografía de potenciales contactos arrastrados.

El nuevo rol limita la presencia del veraneante en la calle. No se le oye después de comer, a la hora de la partida, cuando antes aprovechaba para pontificar sobre todo lo que necesitaba cambiarse en el pueblo para hacerlo moderno, ni se anotan sus quejas tras la barra a mediodía por la falta de wifi para conectarse, la poca cobertura del móvil y la ausencia de oferta de ocio. La de mundo que había más allá de la visera de la boina que veía colocada en cada cabeza se restringe ahora a la franja temporal en la que se aventura al paseo, preferiblemente a primera hora o con la caída del sol, en el que persevera con andar decidido y golpes de mentón que le permiten saludar desde lejos. La distancia le otorga este estío una extrañeza en la que a veces no se le reconoce, mientras recela de las miradas con las que se cruza a su paso cada día. Se ha vuelto tan desconfiado que el veraneante este año parece un vecino más.

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