Diario de León

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Entre mujeres es frecuente oír confesiones de malestar y cansancio de la desequilibrada balanza de las tareas del hogar en la pareja. Las nuevas generaciones de mujeres entienden muy bien que los hombres no tienen que ayudar, sino ser corresponsables; algunos hombres aún no entienden la diferencia. Las fiestas navideñas son el escenario perfecto para hacer la investigación en cada casa, en cada árbol y en cada mesa.

Quién piensa en los menús, qué hay que comprar, quién pone la mesa, hace y sirve la comida, friega y recoge los platos... Dónde está el mantel y qué hacer con las sobras. Si marisco o besugo, si pavo o cordero. Otra cosa es hablar de vino o del mando de la tele. Como aquellos hombres airados ‘cogían el mandil’ en los últimos días del año para guisar patatas con bacalao o con costillas o patas de cerdo. Y luego decidir, de común acuerdo, el gobierno de la calle. Las mujeres no les dejaban ni asomar a las cocinas y celebraban el encuentro gastronómico-político en apriscos, cocinas de horno y corrales. Me cuentan que así hacían los hombres en la Junta de la Calle Tarifa, en Fresno de la Vega. Con sus reglas y estatutos. Alrededor de una cazuela de barro, sellaban el pacto anual para ayudarse en las necesidades y atender las obligaciones comunitarias. Con sentido común y la solidaridad colectiva.

Sin discurso del rey, a pesar de que este país ha dedicado los dos últimos siglos a restaurar la monarquía borbónica por encima de traiciones y corrupción. Desde que Fernando VII lo vendió en Bayona y regresó en loor de multitudes por Valencia para asaltar Madrid hasta un Felipe VI que se refiere al pasado —atravesado por una cruenta dictadura— como «un largo periodo de enfrentamientos y divisiones».

¿Qué tiene que ver el rey, que lo es por ser hombre, con el déficit de corresponsabilidad del género masculino en la intimidad de los hogares del siglo XXI y con esas viejas costumbres de los pueblos tiznadas por el machismo y el patriarcado? Nada y todo. El Bosco ya imaginó y pintó a San José secando los pañales del Niño en su Adoración de los Reyes (1485-1500).

Cuando hombres y mujeres sostengamos la vida con equidad y justicia, en las casas y en los pueblos, en las empresas y en las ciudades, descubriremos que la tarea de defender el bien común, la patria y la matria, es un asunto de cooperación y responsabilidad. No necesitaremos restaurar (ni apuntalar) más coronas que la compartida en el hogar y en el compromiso colectivo de una sociedad libre de violencias y de explotación; y sabremos que gobernar, producir y ‘coger el mandil’ por igual es más rentable y eficaz que mantener la maquinaria obsoleta (y mortífera) del patriarcado y el capitalismo al que solo le preocupa quitar mano de obra —al ser humano— de en medio. Igual que los generales que hablan de fusilar, sin rey ni ley que les haga callar.

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