Diario de León

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Las antiguas ordenanzas de la Mesta mandaban que los rebaños se desplazaran «al paso de una mujer hilando». Hoy no sabríamos cómo es ese paso si no fuera porque los rebaños, los pocos que aún caminan por las veredas, cañadas y cordeles, llevan el mismo ritmo, ligero y con pequeñas paradas ante las matas, desde tiempo inmemorial.

En tres pequeñas  jornadas, las ovejas trashumantes (trasterminantes según el neologismo de la Junta de Castilla y León) se plantan en Omaña desde el Páramo leonés. Las mujeres hilaban, zurcían, tejían, bordaban... en el tiempo de ‘descanso’ de una larga jornada de cuidados a la prole, los fogones, la tierra y la cuadra que comenzaba al amanecer y terminaba con la noche bien metida. Es el modelo de mujer sacrificada  del que las hijas, nietas y bisnietas tratamos de huir con gran disgusto del patriarcado que añora el ‘matriarcado’ de las supermujeres de antaño.

Quienes hacemos información  de Sociedad, lo que en la facultad llamaban noticias de interés humano, como el resto del periodismo fuera de interés marciano (a veces es así, hay que reconocerlo) oímos a menudo a profesionales del sector de la dependencia hablar de la importancia de que quien cuida se cuide. Quizá porque más del 80% de las personas que cuidan son mujeres y quizá porque las mujeres llevamos en el ADN la idea de cuidar como un mandato vital. 

En esa carrera por cuidar de las criaturas, primero; del hogar, al mismo tiempo; y de padres y madres, tías y abuelas... muchas mujeres olvidan cuidarse. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y lo que para nuestras madres y abuelas era casi un pecado, ahora es un tiempo sagrado que muchas se dedican a sí mismas en clases de yoga, pilates, piscina, gimnasia de mantenimiento... o un buen paseo con las vecinas por la ruta del colesterol.

Mujeres de todas las edades coincidían —en la era pre-Covid— en esos espacios feminizados del cuidado y del autocuidado. Pero cuidarse es aún, para muchas mujeres, un acto revolucionario. Una reivindicación del derecho a descansar, a parar, a sentarse, a mirar el horizonte pensando en sí misma o desfogar el estrés en una carrera. Cuidarse para gustar a los demás, mayormente al marido o a los hombres y la sociedad en general, es otra cosa bien distinta.

«Pensar primero en una misma siempre nos ha parecido a las mujeres una suerte de traición, pero cada vez que nos cuidamos, por encima de todo compromiso o ‘necesidad ajena’, participamos en una nueva revolución: la renuncia a la disponibilidad», escribía Soledad Murillo esta semana a propósito de la foto de Carmen Calvo envuelta en su echarpe (aunque en las fotos parecía una manta) y con mascarilla, aislada en un asiento del Congreso de los Diputados. La vicepresidenta acaba de superar una neumonía por coronavirus. A veces nos cuidamos, sí. Pero, ¿hemos dejado atrás el peso de la culpa por cuidarnos? ¿Por no estar disponibles a la demanda de lo ajeno?

Hay que cuidarse. Del Covid-19 y de mucho más. Sin culpa. Hay que cuidarse de los bulos renunciando a estar disponible a los mensajes que aturden nuestro teléfono. La única mascarilla eficaz es la información, que ha de ser de interés humano, o será otra cosa, y que tiene que ser hecha por periodistas o no será noticia. Lean periódicos. El periodismo es oficio. Como lo es la docencia, la medicina, la abogacía... la agricultura y la ganadería con sus virtudes y miserias.

Hay que cuidarse de la clase política y económica que grita ¡hay que  volver a la normalidad!. Nos puede hacer despeñar en el descenso después de lo que nos ha costado hacer cima. No va a ser fácil, cuidarse, si consiguen hacer que sintamos culpa de no querer correr. Esos, los que ayer pedían guiarse por los expertos y hoy dicen que hay que arriesgarse. Son los mismos que se reparten alegremente el beneficio mientras abandonan a los pueblos. Hay que arriesgarse, sí, y crear una normalidad basada en el cuidado. 

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