Diario de León

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Pocas personas, entre las masas de turistas que frecuentan la playa del Somorrostro, bajo el pez que quedó como testigo de las olimpiadas de 1992, se habrán detenido ante la placa de homenaje a los habitantes de las chabolas del litoral barcelonés desde la Barceloneta hasta la desembocadura del Besós. Las barraques desaparecieron en 1966. Fueron demolidas de urgencia ante una maniobras navales que iba a presenciar Franco. Y se borró toda la memoria de las gentes que las habitaron durante casi un siglo.

La placa erigida por una comisión ciudadana y el Ayuntamiento de Barcelona, para reconocer la riqueza que aportaron a la ciudad, con muchos sacrificios, los habitantes de la ciudad olvidada, me hizo pensar en la desmemoria de la despoblación. Sólo hay que mirar la hemeroteca de este periódico, con 116 años, para comprobar que el problema de la despoblación es una constante desde comienzos del siglo XX. Más de 8.000 noticias, 5.000 de ellas desde 2010 hasta ahora, ilustran la preocupación social por la pérdida de habitantes en la provincia. Las primeras décadas del siglo XX, con la emigración de ultramar a las Américas; los años 60 con el éxodo del campo a la ciudades, en particular a las que el régimen convirtió en polos industriales, y a Europa; y lo que va del siglo XXI, sin perder el ritmo en los años 80 y 90, son los periodos de más intensidad migratoria en León. Lo que viene es más de lo mismo: León tendrá 35.000 residentes menos en 15 años, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Los términos España vacía y España vaciada han puesto el problema en la agenda política y de los medios nacionales. Pero son meras etiquetas que funcionan como un destino trágico, una seña de identidad en la que nuestros territorios quedan atrapados como lo estaban los habitantes del Somorrostro, entre las fábricas, la vía del tren y el mar.

Se habla mucho de la España vaciada y muy poco de la España superpoblada como problema. Las ayudas públicas priman la población pero no la dispersión demográfica en los territorios más deshabitados, sin reparar en la igualdad de derechos que proclama la Constitución. Se asocia erróneamente la España vaciada con pobreza y atraso, cuando es la España que alimenta y da oxígeno, paz y placer a la España superpoblada. Es hora de recordar la riqueza que han aportado las tierras vaciadas a las grandes urbes y señalar los problemas que genera la España superpoblada, en un contexto de cambio climático y crisis energética. Es el momento de apreciar las ventajas de los territorios abandonados e incentivar la descentralización para repoblarlos y no seguir esquilmando sus preciados recursos. Levantar las pesadas losas de los estereotipos es una utopía. Hay que intentarlo o seremos solo un escenario de fin de semana.

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