Diario de León

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Para una vez que abre la boca el ministro Garzón casi se lo comen. Una afirmación tan obvia como que hay que comer menos carne, que avala la OMS desde hace años y que es una tendencia entre las generaciones más jóvenes ha pasado de ser una modosa recomendación a carnaza política.

La reacción tan desmedida dice mucho de lo poco que tienen que ofrecer sus señorías y de lo lejos que estamos de una economía más sostenible, que no es una etiqueta cualquiera, sino una economía más justa con el planeta y con las personas. Garzón abrió la boca y se tiraron a su yugular como si se hubiera zampado a todas las explotaciones ganaderas y parte de sus reses.

En un debate sin fondo ni sustancia el gallinero político metió en un revoltijo a toda la ganadería, sin mostrar la sustancial diferencia que hay entre macrogranjas o ganadería industrial que contamina, da poco empleo y cría animales en condiciones indignas y la ganadería extensiva, que es una actividad milenaria que el ser humano practica desde el Neolítico. En León, el pastoreo trashumante de ovejas merinas, en peligro de extinción, moldeó el paisaje de toda la montaña leonesa, fertilizó las tierras de la riberas y páramos y proporcionó alimento y abrigo.

¿Es sostenible cultivar grandes extensiones de maíz o soja para alimentar la ganadería industrial sabiendo que comer tanta carne daña la salud humana y del planeta?

Un puñado de hombres y mujeres bregan con más obstáculos que facilidades para mantener estas ganaderías, a la que los políticos del gallinero no prestan la más mínima atención. La ganadería extensiva, también la no trashumante, es un valor en alza para dfijar población en el medio rural, ofrecer productos sanos y de proximidad, proteger del fuego el monte y mantener la biodiversidad. León es un lugar privilegiado para continuar la tradición y agrícola con medios modernos. Hay que trabajar ese campo.

Los políticos del gallinero prefieren las hamburguesas de maíz, que no es que sean vegetarianas. El maíz y la soja son las principales materias primas del pienso que se consume en las macrogranjas. Ese cultivo que ha convertido el Páramo y los nuevos regadíos en paisajes de película estadounidense requiere ingentes cantidades de agua, crece con semillas suicidas y desconecta al agricultor de la tierra. Su misión es rellenar bien los papeles de la PAC, pagar un buen crédito para tener un gran tractor y comprar los servicios de la cosecha.

El debate no es carne o no carne, ganadería o no ganadería. El debate es cómo transitar de la agroindustria impuesta a un modelo agrícola y ganadero que sirva a nuestra soberanía alimentaria, que recupere cultivos abandonados y el contacto con la tierra, una tradición milenaria y unas semillas que nos pertenecen y definen como cultura.

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