jueves 19/5/22

Internacionalismo

La pandemia nos ha llevado a un estado de cansancio para el que aún no existe una palabra que lo describa. Una de las cosas que más me agota es la facilidad con que la gente cuestiona a la ciencia. El negacionismo, de lo que sea, ya es una marca de este tiempo convulso. La gente se deja la piel en debates de barra de bar, red social o cola sobre la eficacia de la vacuna y ahora de la tercera dosis.

Nadie protesta porque la geopolítica y la economía global, la negativa a liberar las patentes, tenga a la mayor parte del planeta sin vacunar. Algunos países europeos prefieren obligar a sus ciudadanos a vacunarse, azuzando la reacción de fascistas y libertarios, a compartir con los que menos tienen.

El acceso a la salud es un derecho humano. Los golpes de pecho no sirven de nada si no establecen fórmulas que acorten desigualdades pandémicas y pre-pandémicas. Ocurre lo mismo con el derecho a la vivienda. Cuando una familia, con dos adultos y dos menores, muere en el incendio de una infravivienda realquilada en el local del cajero de un banco los golpes de pecho retumban. Pero si se promueven viviendas públicas para alojar a personas en situación de pobreza extrema el debate político-social alcanza temperaturas infernales. Al final, triunfa el modelo limosnero y una pantomima de servicios sociales sin dinero, mientras las administraciones se excusan en las competencias.

Los derechos humanos son el mandamiento que se dieron las naciones poderosas de la Tierra tras dos guerras mundiales cruentas y un genocidio. Setenta y tres años después, las desigualdades crecen a un ritmo que ya no somos capaces de percibir. No hay palabra que defina este fenómeno, ni movimientos globales reales que traten de pararlo. La utopía decimonónica del internacionalismo está enterrada para los parias de la tierra, pero la siguen al pie de la letra las grandes corporaciones. Las tecnológicas, que han privatizado sin contemplaciones la aldea digital, y las farmacéuticas, que han conseguido la vacuna con ingente dinero público, van a la cabeza de ese enriquecimiento desmedido, que tampoco tiene palabra que lo describa.

Amnistía Internacional lanza una campaña para que se cumpla el programa Covax: 2.000 millones de dosis a repartir de forma equitativa antes de que acabe 2021. Ya vamos tare. La desigualdad extrema hace que la inmunidad sea un (espejismo de) privilegio. «Nadie estará a salvo a menos que todo el mundo lo esté», dice la ONU. Y no sólo pasará con la vacuna. Siempre recuerdo lo que me dijo Félix Llorente, presidente de la Asociación Leonesa de Caridad, mostrando el comedor social, obra caritativa de hace 115 años: «Cualquiera podemos caer aquí». Si seguimos aplicando fórmulas que no funcionan estaremos condenándonos al fracaso.

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