lunes 24/1/22

Los huérfanos de Balmis

Los niños y niñas pisan la calle después de 43 días de confinamiento. Y sacamos a la luz a los 22 infantes de la expedición de la viruela que inspiró a las fuerzas armadas la llamada operación Balmis

El 30 de noviembre de 1803 salió del puerto de La Coruña la corbeta María Pita con veintidós niños y niñas embarcados como ‘probetas vivas’. Iban a transportar en sus cuerpos  la primera vacuna de la viruela. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna ha encumbrado el nombre del médico español Francisco Javier Balmis Berenguer, que al contrario que muchos de sus colegas de la época, acogió con entusiasmo la teoría del inglés Edward Jenner. El padre de la inmunología observó que las lecheras no contraían la viruela y lo achacó a su contacto con las ubres de las vaca y sus pústulas de viruela bovina.


El caso es que Balmis convenció al rey Carlos IV para llevar el remedio al Nuevo Mundo. ¿Por qué pensó en usar a los expósitos de la casa de huérfanos de La Coruña como recipientes?  Seguramente por su vulnerabilidad pues carecían de padre y madre o eran hijos e hijas de familias tan pobres que no podían soportar su sustento vital. La expedición se prolongó durante tres años y llegó hasta las islas Filipinas y China.


Poco más se sabe de aquellas criaturas. Al médico se le recuerda por la hazaña. Hasta tal punto que las Fuerzas Armadas han bautizado como Operación Balmis la misión que cumplen contra el Covid-19 en España. De los huérfanos, verdaderos héroes y heroínas, de la expedición, casi nadie se acuerda. 

Los huérfanos de Balmis, acompañados por su tutora, Isabel Zendal, han quedado en la nebulosa oscura de la memoria colectiva. Con los avances de la humanidad sucede como con las guerras. Las libran miles o millones de soldados y se recuerda el nombre de los generales.

En la guerra contra el Covid-19 también hay héroes y heroínas anónimos. El personal de las residencias de mayores, a los que pocos aplausos se han dedicado, fue mencionado ayer expresamente por el general Carlos Pérez al hacer balance de la Operación Balmis. 

La andanada de los obispos contra la renta mínima vital da idea de la orfandad ética que vivimos

La batalla contra la viruela fue un episodio épico —en el siglo XVIII la enfermedad se cobró la vida de 60 millones de personas— aunque hoy a nadie se le ocurriría que los niños fueran los portadores del remedio por muy bueno que fuera. 

La Operación Balmis ha dispuesto de más que una corbeta, y sobre todo de la UME, la Unidad Militar de Emergencias, con uno de sus destacamentos en León. La actual ministra de Defensa, Margarita Robles, otra leonesa,  ha conseguido que las operaciones de desinfección, tan eficaces como vistosas, dieran a la población la seguridad que les arrebataba la angustia diaria por las camas hospitalarias, los respiradores y las cifras de muertes.
No era el ejército con una flor en la boca del fusil,  pero sí de esperanza. El otro ejército, el sanitario, tenía que lidiar con las urgencias saturadas, una protección deficiente y medios muy limitados.


Si la UME no hubiera tenido recursos de poco habría servido el coraje de sus hombres y mujeres. El coronavirus ha puesto delante de un espejo a una sociedad que se ha forjado en las últimas décadas con recortes a las políticas públicas básicas, deslocalización de la industria hacia países con mano de obra más barata y menos exigencias ambientales e insolidaridad.


Dar la vuelta a este calcetín es el reto de la sociedad poscoronavirus. Hará falta valentía y alegría. Como aquel 25 de abril de 1974 en Lisboa, cuando la florista Celeste Caeiro repartía claveles a los soldados portugueses que protagonizaron una revolución limpia cuya música aún resuena en el erial de utopías del siglo XXI: Grândola, vila morena / Terra da fraternidade...


Espíritu portugués y orgullo de país que nos hace mirar de nuevo a ese pequeño trozo de Iberia al que damos la espalda. Aquí tenemos que soportar a la Conferencia Episcopal que vive de los impuestos y no paga IBI —por no hablar del trabajo que las mujeres hacen gratis en las iglesias—cuestionar una renta mínima vital para la población más vulnerable. Anda el mundo huérfano de ética... La Montaña Central y nuestra redacción lo ha quedado de un veterano corresponsal. Un tipo con humor, enérgico y siempre dispuesto a ayudar. Hasta siempre Planillo.

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REDUAN DRIS (FOTOGRAFÍA) / JOSÉ ALBERTO CALVO (TRATAMIENTO DE IMAGEN)

Los huérfanos de Balmis
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