miércoles 14/4/21

Los lobos de León

Desaparecerán los rebaños, y con ellos los pastores y ganaderos, mientras los lobos, triunfantes en su lucha, continuarán devorando otras especies de animales». Salvador Teruelo, labriego y pastor de Morla de la Valdería, vaticinaba el triste destino de una actividad milenaria, el pastoreo, en el libro Los lobos de Morla, publicado con José Antonio Valverde, biólogo de la estación de Doñana, en 1972.

Hace algunos años la Consejería de Agricultura declaró ‘improductivos’ los puertos de alta montaña de León. Las fotos del satélite mostraban mucha roca y unos señores de despacho decidieron que aquellos terrenos, un bien preciado desde tiempo inmemorial, no valía nada. Un ganadero peleón de Abelgas, casado con una pastora de rompe y rasga del Páramo, denunció el atropello. Violeta y Gregorio pasan el invierno en San Pelayo, Veguellina de Órbigo, y en primavera suben con sus merinas negras —especie, por cierto, en peligro de extinción— a Lago de Omaña. En verano. Gregorio baja con las preñadas al Páramo mientras Violeta sube con su hatajo a los puertos de Abelgas. No temen al lobo. Tienen buenos mastines y salen cada día con el ganado al monte. Pero si Violeta y Gregorio tuvieran algún percance lobuno no recibirían indemnización por tener ser su explotación ganadera de titularidad compartida.

Me sale una mueca de risa debajo de la mascarilla cuando la Junta enarbola la bandera de la ganadería extensiva como argumento contra la decisión de Patrimonio Natural de incluir al lobo en el Listado de Especies Silvestres en Peligro de Extinción. Nadie, tampoco el Ministerio ni las organizaciones protectoras de lobos, osos, urogallos y demás pájaros, han preguntado a ganaderos y ganaderas ni a los habitantes del medio rural. El problema del lobo son los lobos de dos patas que acechan para despellejar las últimas riquezas de esta provincia.

Un humilde pastor de velía fue el maestro de un biólogo curioso que subió desde Doñana a La Cabrera y Valdería para conocer a los lobos. José Antonio Valverde fue, a su vez, el hombre que enseñó a Félix Rodríguez de la Fuente a amar a los lobos y éste nos transmitió su pasión por la tele en un tiempo que lo rural era sinónimo de paleto y la ciudad el templo de la modernidad. Ahora necesitamos a muchas Violeta y Gregorio, Ángel y Tania, Agustín y Domitilo, Arancha e Idoia... que nos enseñen que la ganadería extensiva tiene un valor económico, ecológico y social que los satélites no pueden retratar. Carne de calidad, leche para hacer buenos quesos, abono para cultivar la tierra y un diente que regenera los ricos pastos leoneses. Y dan vida a los pueblos. Hay que escuchar a los últimos pastores y pastoras. Y protegerles. Mucho me temo que estos días se les está usando como arietes de otros grupos de presión bien armados de influencia y escopetas.

Los lobos de León
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