miércoles 14/4/21

Maxi, un superviviente

Virus y borrascas, se llamen como se llamen, se confabulan para hablarnos de la fragilidad de la vida. Los elementos, como dioses de la antigüedad, dan una lección de humildad al todopoderoso espécimen humano del siglo XXI. Ese mortal que vive como si fuera inmortal en el solar acomodaticio de las redes sociales. A la conquista del universo con sofisticada tecnología, aunque incapaz de acabar con las guerras, el hambre y el acoso al planeta. Ni siquiera se ha atrevido, ¡un gobierno de izquierdas!, a meter mano a las eléctricas para evitar que se lucren con el frío como quien vendiera nieve en la Puerta del Sol. Todo sigue igual en este enero canoso, aunque el grueso manto blanco que cubre Madrid, envidioso de las montañas de León, nos incite a imaginar un mundo feliz, escondido allá, en la tierna infancia. Somos nieve, pero ni sabemos untar la pala ni hay voluntad de espalar nada.

Vino enero con la guadaña afilada. En el primer día se llevó a Máximo Álvarez, El Grillo, de Casetas de Oceja (La Ercina) a la edad de 87 años o 66, según se mire. Máximo contaba sus años desde el 10 de junio de 1954, uno de los días más trágicos de la minería leonesa, pues aunque el dolor no se puede pesar ni medir —cada persona carga en los costados del alma con sus muertos— aquel día perecieron en ‘La Única’ catorce mineros, el mayor número en un accidente en las minas leonesas. Un volcán escupió la catástrofe del grisú por la bocamina. El Grillo se libró ‘de chiripa’, nos contaba en 2014 cuando fuimos tras el rastro de aquel ‘matadero’ a propósito del documental de Raquel Rodríguez, ‘Los 14 de Casetas’. «Ese día nací», aseguraba el hombre. Por eso cuando le conocí y le pregunté por la edad me contestó tan fresco: «Sesenta años». Era boyero y le dijo a un compañero que no entraría hasta la una y media al pozo, como le mandó el capataz. «Por obediente», decía, salvó el pellejo. Estaban en el economato ‘estrenando’ una chaqueta de pana de un compañero, bebiendo vino con azúcar «para no aborrecerlo».

El Grillo vino al mundo en 1933 en Villacontilde y le llevaron a Casetas en mantillas al calor del carbón. Allí pasó la vida, salvo un tiempo que fue a probó la mina en Asturias. Vivió la primera huelga del franquismo «por la octava». Las ocho horas clavadas en el Estatuto. Regresó a Casetas y a los bueyes, definitivamente al raso. Un día fueron a tirar la caseta del estante del ferrocarril hullero. El Grillo se plantó y la salvó. Por dos veces le retrató Jesús F. Salvadores frente a ella. Queda también la casa del amo y el sueño de que sobreviva a la guadaña de la despoblación. Y queda Isabel, Beles, su esposa, y dos vecinos más. «Di que en Casetas hay vida», me encomendó esta heroína rural que cultivaba sus hortalizas en un huerto con pies, desafiando a la artrosis de sus rodillas. Para ella y para su nieto Javier, un gran abrazo. Con Maxi se fue una memoria de las que tejen historia, un superviviente en tiempos de supervivencia.

Maxi, un superviviente
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