Diario de León

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El gurú leonés del acabose, el físico y matemático Antonio Turiel, volvió a llenar el salón de actos de Sierra Pambley, en esta ocasión acompañado por el geólogo Antonio Aretxabala. En lugar de roscón, los dos científicos —algo de eso eran también los Reyes Magos— ofrecieron palabras incómodas en una tarde desapacible, como mandan los cánones del invierno.

No hablaron de la cuesta de enero, que la gente enfiló ayer con el primer día de rebajas, sino del ‘gran descenso’, el efecto del agotamiento de los recursos energéticos fósiles sobre la sociedad tecno-industrial y las preguntas que no nos hacemos sobre cuál sería la mejor forma de salir de esto. En un siglo nos hemos comido las reservas atesoradas por la Tierra en millones de años y hace tiempo empezó a bajar la rentabilidad de extracción de lo que poco que nos queda.

Todo empezó en una playita asturiana, en el concejo de Castrillón, hace casi 500 años cuando un monje agustino encontró una piedra negra que hacía las veces del carbón vegetal. La mina de Arnao se convertiría en la primera explotación carbonífera de España, aunque habría que esperar a mediados del siglo XIX para la explotación industrial del mineral. León, y más en concreto Sabero, se puede poner un galón al ser el lugar donde se instaló el primer alto horno de España —la ferrería de San Blas— allá por 1846.

Aquello fue un sueño que duró poco, aunque peor fue el de Lazúrtegui que nunca vio materializar su proyecto de la pequeña Vizcaya en El Bierzo. Lo que vino fue una pesadilla que hoy recordamos como una leyenda llena de épica, una gesta realizada por varias generaciones de hombres y mujeres que convirtió a la provincia leonesa en la suministradora de carbón para la industria vasca y de energía para la España desarrollada, mientras muchos de sus pueblos carecieron de alumbrado público y otros servicios básicos hasta los años 80.

Todo eso se terminó y ahora pintan un paraíso a nuestros pies. Nos venden los fondos Next Generation como tabla de salvación mientras llenan la provincia de macroproyectos eólicos, solares e hidroeléctricos. Y nos convierten una vez más en lo que Aretxabala llamó con acierto zonas de sacrificio para cumplir el `reto’ de una transición energética cuyo objetivo es mantener los pingües beneficios de las corporaciones energéticas.

Todo el noroeste peninsular, no sólo León, ese gran territorio vacío y rico en agua y montañas, constituye esas ‘zonas de sacrificio’. El negocio de la despoblación está servido y no existe una masa social suficiente para enfrentarse a la gran mentira. Como casi ninguna madre o padre, por mucho que les pese a algunos y algunas, es capaz de acabar con la ilusión de los Reyes Magos que, como me decía una compañera el otro día, no deja de ser una mentira. Afrontar la verdad conllevaría otros sacrificios, pero mejor repartidos y más sensatos para el planeta.

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