Diario de León

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Me resulta alucinante que el final de curso esté ya a la vuelta de la esquina. Me pasa siempre, pero más este año por las circunstancias, ya saben. Echando la vista atrás, hace nueve meses, el curso se vislumbraba como algo etéreo, raruno. Nadie sabía a ciencia cierta cuánto tiempo iba a durar, si iba a ser cuestión de días o de semanas. La cosa empezó cogida con alfileres y con el pensamiento general de que aquella calma relativa iba a durar más bien poco. Empecemos y luego ya veremos. Y así dimos el primer paso.

Y resulta que el asunto ha salido mejor que bien. Es verdad que con cierta pena por privar a los niños y niñas de parte de su libertad, de coartar esa espontaneidad suya que los hace únicos y maravillosos. Demasiadas mascarillas, demasiada separación y demasiado gel hidroalcohólico. Y no digo que no haya sido necesario. Lo que tengo claro es que la comunidad educativa, empezando por los alumnos, merecen un enorme aplauso por haber llegado hasta aquí. No me cabe duda de que ha sido agotador para todos, pero a la vista está que el esfuerzo ha merecido la pena.

Ahora bien, esta realidad no quita de otra verdad que va bastante más allá porque no es circunstancial como el coronavirus. Ahora que acaban las clases sería bueno hacer una reflexión sobre el sistema educativo. A mí me preocupa, sinceramente. No sólo porque me parece caducado y obsoleto y que poco o nada tiene que ver con las necesidades educativas de hoy en día, sino porque tampoco le veo visos de mejora.

Está cristalina la importancia de la educación, sobre todo, para el mundo de pasado mañana en el que vivirán nuestros hijos y descendientes, pero parecemos navegar a contracorriente. Cada vez hay más fracaso escolar, al mismo ritmo que se ponen etiquetas a muchos niños y niñas con trastornos de conducta cuando lo que está fallando no son ellos, sino el propio sistema. Un sistema que no respeta el ritmo vital de los estudiantes, sean grandes o pequeños, que no les orienta, que no les motiva, sino que les induce a competir constantemente, entre otras cosas. Eduquemos en valores, en necesidades reales, en vida práctica. Preparemos a los niños y niñas para un mundo mejor que el que tenemos. Antes de que empiece un nuevo curso.

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