martes 20/10/20

El ingenio de nuestros abuelos

Siempre me han fascinado los refranes. Me parecen pura sabiduría popular, capaces de predecir las lluvias (En abril, aguas mil), la nieve (La de octubre, siete lunas cubre) o la floración (Marzo ventoso y abril lluvioso hacen a mayo florido y hermoso). Y hasta dan consejos sobre las finanzas (El que mucho abarca, poco aprieta), son capaces de abordar algo tan moderno como el karma (El que siembra vientos, recoge tempestades o Haz el bien y no mires a quien) o tan importante como la salud (Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo)

Sus mensajes son de aplicación universal, los entiende todo el mundo, abarcan prácticamente todo, son breves, concisos, directos, simples...¿Se puede pedir más? Cuánto conocimiento en tan poco espacio. Este mundo que llamamos moderno debería aprender un poco y dejarse de tanta palabrería y tanto discurso vacío. Ya saben, lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Tiene fama el refranero de ser conservador, pero lo cierto es que ha sabido sobreponerse al paso del tiempo durante décadas. Es el ingenio de nuestros abuelos recogido durante años, puesto en práctica en buena parte de nuestra historia y eso hace que sean pocas las veces que no ha dado en el clavo. Al menos así ha sido hasta ahora.

Pero la realidad es necia a veces y, como tantas cosas prácticas y sencillas, los refranes llevan años de capa caída. Cada vez se usan menos porque el mundo y sus necesidades van cambiando, aunque yo no tengo muy claro que sea a mejor.

Cuento todo esto porque ahora los refranes han cedido ante el cambio climático y ya no son capaces de pronosticar el tiempo. Muchos de ellos se han quedado obsoletos y fallan. Ese monstruo silencioso que nos acecha aunque nosotros sigamos a lo nuestro, ha hecho que estas frases cargadas de sabiduría estén pasando a mejor vida. Antes había estaciones, cuatro concretamente, aunque ahora se hayan quedado en dos: la del frío y la del calor. No sabe uno si sacar la chaquetina en las noches de julio y agosto como ha pasado aquí toda la vida o embutirse en el bañador en pleno diciembre. Lo ha dicho estos días alguien que sabe de lo que habla: «En el pasado, el ganado solía anunciar la lluvia; ahora sólo saben cuándo llueve después de mojarse». Eso mismo nos pasa a todos.

El ingenio de nuestros abuelos
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