jueves 27.02.2020

El maravilloso arte de no hacer nada

Una tiene la extraña sensación de que todo es susceptible de ser medido. La productividad se ha adueñado también de nuestro tiempo de ocio y ahora resulta que podemos hasta contar los pasos que damos, algo que me parece tan absurdo como prescindible. Existen cientos, miles de aplicaciones para controlar casi de todo, desde lo que comemos hasta lo que decimos y cómo hemos de hacerlo bien. Es curioso cuando, por ejemplo en el caso de la comida, lo más saludable no tiene un código de barras por el que pasar nuestro móvil. Pero, oye, queda bien llevar el teléfono petado de aplicaciones y ser el primero en descubrirlas para poder comentárselo a todo aquel que quiera oírlo. Así nos libramos de pensar porque algún invento tecnológico ya lo hace por nosotros.

Esto, unido a las redes sociales, nos convierte en marionetas, siempre sometidas a la dictadura del control, porque parece que si no controlamos todo lo que nos rodea no existimos o lo hacemos sólo a medias. Y, además, necesitamos contarlo y alcanzar la excelencia en todo. Tenemos que hacer muchas cosas, cuantas más mejor, llenar nuestro tiempo de actividad, no parar desde que te levantas hasta que te acuestas. Agotador.

Pero ha nacido una nueva filosofía que abanderan quienes reivindican su derecho a no hacer nada cuando pueden elegir. Se llama Jomo (joy of mission out) y puede resumirse en el placer que genera el simple hecho de perderse cosas. No tiene nada de malo no llegar a todo, de hecho es algo muy humano. No tenemos por qué ser perfectos en todo lo que llevamos a cabo. Primero, porque la perfección no existe y, segundo, porque tiene que ser muy aburrida. Por eso esta nueva tendencia me parece una buena forma de reiniciarse, de apartarnos del embobamiento que nos produce el seguir el camino que ha tomado la mayoría. Tumbémonos en el sofá siempre que podamos y nos apetezca, dejemos de apuntarnos a todos lo planes que nos proponen, liberemos a los niños de tanta actividad programada, hagamos las cosas por el simple placer que nos produce hacerlas, aunque no se la tendencia general. Alejémonos del móvil durante un rato largo y démonos el maravilloso placer de no hacer nada.

El maravilloso arte de no hacer nada
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