viernes 14/8/20

Ciudad peatonal

En cuanto a verdor, no vamos a negar que un crudo invierno en la selva amazónica es como una buena primavera aquí, pero cualquiera de nuestros otoños ofrece mucho más que un abril del Sáhara. Viene esto a colación de algo que siempre hay que plantearse ante cualquier asunto o polémica nuevo. Es una ecuación sencilla: «Y eso que dice, ¿comparado con qué?». Porque las afirmaciones exentas, realizadas en el vacío, son irreales. Los números no lo son todo, desde luego, que uno es de letras, pero ayudan a hacer las cuentas. Las palabras a veces son de fiar, pero muchas veces nos llevan a sótanos sin salida o a paraísos imaginarios, es conveniente no olvidar que tanto la verdad como el engaño se expresan a través de ellas.

Cuando nos tientan con alguna afirmación maximalista, con alguno de esos eslóganes que parecen irrebatibles y no pasan de la verdad del barquero, cuando no son directamente sepulcros blanqueados, lo más prudente es adoptar una posición escéptica y cosmopolita, como de muy viajado, dejando entre hielos cualquier opinión a bote pronto. Que a usted, por ejemplo, le dicen con ese tono entre sacristanesco y ecologista que la ciudad debe ser para los peatones: sonría de medio lado, que la duda siempre ayuda, y si eso se lo reprochan cite a algún intelectual respetado desde las dos orillas, por ejemplo a Bertold Brecht, que sostenía que «la duda siempre es lo más seguro». Cualquier otra cosa que diga o haga, ante una aseveración trampa, le dejaría mal: como hereje del progreso turístico o ateo de la nueva movilidad, basada en la tracción humana.

Si, aun así, le apuran mucho, vuelva al primer párrafo de esta columna, que es el método socrático y ya tiene unos cuantos siglos de probada eficacia, por reducción al absurdo. Haga preguntas, mencione la relación entre espacio y tiempo que es la esencia del movimiento desde Aristóteles, mantenga incluso alguna obviedad como que en nuestra época todos somos peatones y motorizados, aunque sea en los transportes públicos. Pregúntese retóricamente sobre la sociedad de la prisa que nos ha tocado vivir, las temperaturas medias en nuestra ciudad y la superpoblación de las grandes urbes, preocúpese por el futuro de los diezmos de circulación y aparcamiento… Sócrates, después de una visita al oráculo de Delfos, ideó su método seguramente viendo cocerse unos cangrejos a fuego lento. Con los griegos cultos de Atenas funcionaba.

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