Diario de León

Antonio Manilla

El arte diletante

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No se cambia la sustancia de una tortilla de patata haciéndola líquida, sino su forma. El diletantismo, en la vida, consiste en eso: en la obsesión por lo formal, que no es sino la apariencia de las cosas. Esferificar un huevo es ponerle de nuevo la cáscara, igual que peatonalizar una vía es devolverla a su condición de sendero que atraviesa un bosque. La mayoría del arte contemporáneo tiene mucho de mona vestida de seda. Es más cosmética que innovación. No hay descubrimiento, no hay una nueva realidad puesta de manifiesto. Y, aunque uno piensa que en materias creativas ya es bastante con dar un nuevo aire a lo viejo, tiene que existir, al menos como intención u horizonte, la modesta aspiración de innovar algo en el artista, en el escritor. Algo del impulso original que encendió su vocación, un rescoldo de la llama que un día lo llamó a crear, apartándose de caminos trillados y consuetudinarios.

Lo decía mejor que uno el gran Cesare Pavese: «una cosa me parece insoportable para el artista: no sentirse ya al principio». Al creador le conviene una memoria de pez para al menos una cosa: volver a empezar desde cero, reiniciarse picassianamente cada día que amanece. No es algo trágico, al menos si se recuerda el poema del tempranamente desaparecido Lara Cantizani titulado «La memoria de los peces pequeños», donde se sostenía que, al ser aquella de tres segundos, nunca sufren en la pecera y, por lo tanto, eran «nacidos para ser felices siempre». El modelo de la Transición y los alegres ochenta nos inculcaron esa idea, «nacidos para ser felices siempre», que es una hermosa declaración de principios y podría ser un verso del himno nacional de algún pacífico país caribeño, aunque ahora es un problema, porque la memoria no se olvida.

El arte como cirugía, como apaño que ya no encara cada amanecer como si fuera un niño, con todas las posibilidades al alcance de su mano, vencido de salida, es el arte de nuestro tiempo. Un arte que lleva casi un siglo «desdefiniéndose», buscándose sin encontrarse, perdido en su propio laberinto. Al menos en su mayor parte: la que es visible sobresaliendo del agua. El tiempo, gran antólogo, pondrá las cosas en su sitio algún día, pero, mientras tanto, tendremos que aguantarnos con el pene de Hospitales, la vulva de la Uni y el pedrolo de Arroyo. Con salsas picantes enmascarando una carne pocha.

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