viernes. 12.08.2022

El hotel de Ronaldo

El edificio de Gran Vía 29 en el que nació la colección Austral de literatura, el mismo desde el que Ortega dirigió la Revista de Occidente, en cuyos bajos estuvo la Unión Relojera Suiza que se dedicaba a mantener los relojes públicos madrileños, ahora pertenece al futbolista portugués Cristiano Ronaldo, que ha hecho un hotel de lujo. A uno le parece una metáfora ideal de los cambios de los tiempos, los valores y la riqueza. Donde se componían libros y filosofía, ahora habrá un Spa y un gimnasio con los últimos aparatos donde ejercer el culto al cuerpo, un templo dedicado a las gentes de paso desde algún sitio hacia ninguna parte con toda la prisa del mundo. Es el signo de una era global en perpetuo movimiento insomne de individuos y tuits, esa cultura del check-in que con los rigores de la nueva era interpandémica ha perdido algo de fuelle pero volverá por sus fueros tarde o temprano.

De poco o de nada vale lamentarse. El rumbo es el que es y la proa está puesta en alcanzar sociedades destradicionalizadas y con una cultura de fusión en las que las personas se sientan felices de ser libres habiendo perdido la libertad fundamental de ser personas, convertidas en macrodatos y tecnomercancía. Un mundo en itinerancia constante, real o digital, donde todos los iconos que se sirven como modelos a la juventud son ejemplos de fortuna y éxito. Con la desaparición de las humanidades de los estudios, a partir de ahora nos allanaremos a las opiniones prefabricadas sin ninguna resistencia. En eso consiste el movimiento perpetuo de la rueda en la que gira el sistema productivo, con cada día menor producción porque el consumo de los hogares ya es o pronto será el primer motor del crecimiento en Occidente.

En una novela, Galdós advertía de una futura edad «en que el presente absorberá toda la vida». Mucho antes de la era de la hiperinformación a través de las redes, nos advertía en «Nazarín» de que el monstruo de la imprenta iba a terminar por ahogar al hombre y que la memoria humana era ya entonces «pajar chico» para tantas historias. Lo que pensaría ahora, mejor no tratar siquiera de imaginarlo. Condolerse por el signo de unos tiempos que tornan la sede de una editorial histórica en hotel, es lo mínimo. Aunque al menos —pienso en el teatro Emperador— le han dado un uso.

El hotel de Ronaldo
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