jueves. 07.07.2022

Error de Wikipedia

Aunque los fascículos a menudo nos lo hayan vendido así y el bombardeo pandémico casi nos haya hecho creer en ello, no existe ahora —ni lo ha hecho nunca— una «ciencia para todos»: unos conocimientos que a la vez que de urgencia sean profundos. Ni sobre el coronavirus ni sobre nada.

Lo que voy a llamar el «error de Wikipedia» —el del principiante— consiste en esto: en pensar que leyendo una entrada ya dominamos todo o casi todo sobre cualquier asunto, cuando lo que hacemos es raspar la superficie con el cuchillo de la mantequilla. Incluso sin entrar en el pequeño detalle de que era mucho más fiable el artículo de su vieja enciclopedia que las entradas del saber en línea —porque en estas se libran batallas ideológicas entre sus creadores y tienen bastante peso los intereses creados, que no son discernimiento—, aun dando su información por buena, nunca debe considerarse más que una aproximación. El prestigio de lo escrito es tan enorme que William Faulkner, quien se enorgullecía de pertenecer a esa gran familia humana que es «la gente de los libros», sostenía que el hombre desconfía profundamente de sus sentidos y «sólo cree en lo que lee». Para lo bueno y para lo malo, somos «el mono lector»: algo que puede resultar muy peligroso en unos tiempos en que se escribe en el viento y lo escrito se lo lleva una batería baja o una caída de datos.

El conocimiento para la posteridad, por ahora, sigue estando en los libros, en las bibliotecas, en los archivos que custodian como secretos joyas para los ojos que esperan volver a ver la luz. Aunque la divulgación científica o sobre cualquier otra materia es un sector en auge —y divulgación se da en la redacción de los medios de comunicación solventes desde la que un esforzado periodista se quema los ojos durante horas documentándose sobre el tema del día que le ha tocado en suerte—, las únicas ciencias para la multitud son las del entretenimiento. Esas sí: nuestro siglo ha perfeccionado hasta tal punto la generación de ocio que las plataformas basan las producciones y sus futuros programas de mañana en las elecciones que se hacen hoy. Pero viendo una serie de romanos, por muy buenos asesores que haya tenido, no se aprende lo mismo que leyendo a Tito Livio o a Amiano Marcelino. Conviene no engañarse ni venirse arriba.

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