Diario de León

Antonio Manilla

Intimidad intimidante

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A veces veo políticos. Lo digo porque, en este obligado encierro, ahora que la intimidad es lo único que existe, nadie ha recordado la condición de pionero de Aznar, que hace ya mucho se puso a parlar catalán en la intimidad. La gente se fijó en aquel afán políglota suyo y no en la profecía de sofá y manta para todos que hizo el marido de Ana Botella, la cual hablaba inglés en público. Igual estaba obligada por la popularidad, pero aquella profesión de fe hogareña frente a la calle y la taberna, que es el templo del siglo, provocaba, más que ternura, terneza, que es cualidad no sé si de solomillo o piropo. Se veía que aquel matrimonio todavía se comunicaba con fluidez, aunque fuera en idiomas que no eran el suyo. Resultaba algo extraterrestre. Por cierto que, después de toda una vida imaginando como serían los marcianos, resulta que son invisibles, como ha certificado el tractorín que circula por el planeta rojo.

Ahora que la intimidad es omnipresente —la de uno consigo mismo es soledad, que es una forma de acompañarse, pero no vicio, a diferencia de la egolatría, que resulta un onanismo del yo—, ahora que la tenemos hasta en la sopa, se está descubriendo que cada día hay más personas que viven como una amenaza ese estar consigo y los más próximos hora tras hora. La intimidad intimidante es temida, porque habrá quien nada más se descubra una afición extravagante que nace súbitamente en él, pero los más sospechan que esos francos sentimientos asesinos que han brotado en su interior cualquier día terminan dándole un disgusto a alguien.

Somos seres sociales a los que además nos han inculcado que el aislamiento es una pena que se impone. Llevamos más que mal todo este asunto pero tenemos pocas alternativas. Usted se salta el horario de la intimidad forzosa y le para una lechera para pedirle el carnet y amables explicaciones sobre ese desapego suyo hacia el dulce hogar, donde se está tan ricamente viendo una serie recalentada y engullendo alimentos profilácticos que, con suerte, nada más llevan plástico por fuera. O creyéndose como noticias las aburridas cosas que emiten los telediarios, que se han vuelto de ciencias puras y no pasan más que cifras de esto y lo otro, hasta el tiempo lo predicen con matemáticas en vez de echarle huevos y florituras, como si ya no existiera literatura en nada.

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