martes 20/10/20

Nacionalistas sin nación

Se desprecia demasiado a menudo al nacionalismo y la vigencia del nacionalismo sin naciones es inmensa. Casi podría decirse que está en todas partes. Lo que lo caracteriza es la construcción de una identidad mediante oposición, y de eso hay mucho en cualquier movimiento ultra o extremo. En realidad, lo hay en toda pretensión de definirse a través de una demonización del vecino o del contrario: en el debate político cuando no corre por los cauces de respeto democrático, en los fundamentalismos religiosos y en general en cualquier fanatismo que se erija, no en unos valores e ideario propios, sino en contra de algo, casi siempre tomando las partes —siempre las peores partes— por el todo. Todo radicalismo es antagonista. Tiende a ese reduccionismo de viñeta que es la caricaturización del otro, sin percibir que ese proceder devuelve a su vez un reflejo poco elegante: la propia imagen deforme en el espejo.

El «yo no soy el otro», ese otro en el que se proyectan todos los males ajenos y los complejos propios, es un recurso psicológico de manual para reforzar el yo y arropar la propia personalidad al calor del aprisco de la manada. Cuando se encuentra una bruja que llevar a la hoguera, los atrevidos avivan el fuego y los tibios se calientan en él, manteniendo las distancias, pero sin ver en ningún momento no ya a una víctima, sino siquiera a un ser humano. Es lo que ocurre en las redes sociales, donde el rebaño se convierte en enjambre a golpes de clic. La mecánica es la misma que la del somatén de las películas el oeste que llevaba a la horca en medio de la noche, armado de estacas y antorchas, a cualquier «presunto» culpable. La justicia popular, redetizada, «inocente» de los estragos y daños personales que pueda cometer.

No parece, por ahora, que exista un mecanismo para poner freno a los maniqueísmos de los discípulos de Maní, el profeta en el mundo de la «fe definitiva», a esos nazionalistas sin nación que se autoafirman destruyendo desde el anonimato la imagen de los que consideran enemigos. Y uno cree que tendría que buscarse, ya que la educación ha fracasado, una solución sanitaria. El encono y la agresividad verbal lo único que hacen es polarizar, tensar hasta los extremos la vida social de las redes y la convivencia colectiva. Cada vez se ven más ciudadanos cabreados como monos por el móvil.

Nacionalistas sin nación
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