lunes. 08.08.2022

Tricornios y startups

Ya saben lo que se dice sobre los inventos de los españoles que desde siempre predicamos el unamuniano «que inventen ellos»: que todos consisten en ponerle un palo a algo. Desde la fregona al chupachups o el futbolín, la creatividad hispana ha tenido sus rachas y de cuando en cuando, pocas veces, se salió de ese surco de añadirle longitud a lo que ya existía. Aunque no está atestiguado en la historia, seguramente también fue un hallazgo ibérico incrustarle un mango a la espada y una flecha a la lanza. O la caña al anzuelo atado a un cabo y el palo-selfie. Extensiones del brazo para hacer la vida y la muerte mucho más cómodas. Cosas prácticas. Para pasar el tiempo, acomodándonos al ocio del siglo cesante, le hemos puesto a una raqueta a Rafa Nadal y no ha podido salir mejor.

Entre las invenciones estéticas patrias, al menos hasta ahora, el podio lo ocupaba el tricornio. Cuando el pintor y escritor Ramón Gaya tuvo la revelación de que el culmen del cubismo era el tricornio de la Guardia Civil casi refuta de un plumazo el «discurso» un tanto hípster y traspuesto de la historia del arte al uso. Cogemos un sombrero de tres picos y lo retorcemos por aquí, lo planchamos por allí y lo encharolamos por allá: ahí tienen ustedes las vanguardias. Aunque el cuerpo creado por el Duque de Ahumada prácticamente lo ha eliminado de su indumentaria, por no ser práctico para el servicio, uno todavía recuerda a los guardias de su pueblo patrullando la noche de frente y de perfil. A contraluz, en medio de la verbena, aquella pareja quieta era la viva imagen de lo que no da la espalda a nada. Una atención vigilante que de todo estaba pendiente.

Ahora los españoles, como todos, inventamos poca cosa: aplicaciones, startups y otras chiviriguainas con el tic y el toc de lo tecnológico. Cosas, no lo negará uno, que sobre todo sirven para hacer dinero pero que no aportan demasiado ni a la estética ni al desempeño corriente de la vida. Ni útiles ni bellas, pasarán de largo antes que después, sin dejar memoria ni rastro, como los miles de fotos que un día hicimos con el móvil y jamás las imprimimos para echarlas en un álbum o a una caja de latón para los ojos abiertos como platos de las generaciones futuras.

Tricornios y startups
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