Diario de León

Antonio Manilla

Velocirráptores

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Los llaman patinetes eléctricos pero se comportan como velocirráptores. Aparecen de la nada en medio de la acera para abatir peatones desprevenidos, con su movimiento raudo y silencioso, cruzándose con sus pasos justo en ese momento impredecible en que un pie en el aire nos deja sujetos a la tierra por el dedo gordo del otro: el batacazo está asegurado porque las incursiones de esos modernos depredadores suceden casi siempre a alta velocidad con la intención de evadir un paso de cebra, un semáforo en rojo o un pequeño atasco. De verlos venir, uno duda entre la esquiva o extender el brazo como Silvester Stallone en «Acorralado» al paso de una moto y que sea lo que las leyes de la física quieran. Un dolor de antebrazo es bastante menor que uno de todas las costillas. Porque, si te atropellan, las quejas al maestro armero. Ningún testigo le verá la matrícula que no lleva al conductor sin carnet de circulación que huye.

Al alcalde que tanto empeño está poniendo en peatonalizar las calles uno le sugeriría que también se emplease un poco en desautomovilizar las aceras: no basta con achacarlo todo sistemáticamente —desde las cacas de los perros en los jardines infantiles a las pintadas en los muros— a comportamientos incívicos puntuales, ya que la falta de control convierte en costumbre los abusos y la excepción en exceso. Esconderse en el reglamento y guarecerse en las ordenanzas, que al alcalde le extraña que se incumplan cuando lo que debería sorprenderle es que se conozcan, es tanto como echar un cuarto a espadas, más ahora que hay cámaras urbanas que todo lo ven. Da la impresión de que le importa poco la seguridad vial y nada el cumplimiento de esas ordenanzas, que fácilmente podría enseñárselas a los interesados con una intensa «campaña informativa», que de la multa se aprende tanto como de la publicidad. Si los transeúntes hemos tenido que asumir que un par de líneas pintadas en el suelo son un carril-bici, no debería costar tanto hacer comprender a los pilotos de dos ruedas que tienen que conducir entre bordillos. Y no entramos en asuntos como el de los límites de velocidad, que, en una ciudad a treinta kilómetros por hora, estos vehículos de movilidad personal sobrepasan a los coches como si la calzada fuera suya por la derecha o los adelantan por la izquierda con total impunidad. Habría que hacer algo. En serio.

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