Diario de León

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El megavatio es el nuevo tótem, el nuevo ídolo ante el que cada día inclinan la cabeza las autoridades y se arrodillan los ciudadanos. No nos santiguamos ante los electrodomésticos y las bombillas, pero nos falta poco. El megavatio viene del cielo, con su precio etiquetado. Y el Gobierno lo único que puede hacer es ponernos un pararrayos por aquí o por allá y aconsejarnos lavar de noche, madrugar para planchar. Convertirnos en un país de noctámbulos, de gente ojerosa que va al trabajo medio adormilada debido a las tareas domésticas.

Antes, las ojeras se debían a la mala vida, la juerga, la disipación, los amigotes y la parranda. Ahora las ojeras son el fregaplatos, la aspiradora, la señal de la gente de orden. Los fines de semana tienden a convertirse en una trinchera doméstica, un sinvivir eléctrico. En algunos estados de EE UU todavía ejecutan en la silla eléctrica a algunos condenados.

Aquí nos electrocutan de pie y por fases, con recibos mensuales. Pero el Gobierno nos anuncia que va a tomar medidas. El recibo llegará cada tres meses. Eso sí, con una descarga tres veces superior. Y ni siquiera se atreve uno a decir que este sinvivir eléctrico se deba al Gobierno.

El megavatio parece tener vida propia. Y está envuelto en un enigma.

Un misterio envuelto dentro de un secreto y encerrado en un enigma, venía a decir más o menos el fotógrafo de la película ‘Apocalypse Now’ (Dennis Hopper) refiriéndose a la enrevesada mente del coronel Kurtz (Brando). Pues más o menos eso es lo que ocurre con el precio de la electricidad. Se sienta uno a escuchar a la parte gubernamental, a los responsables de las nucleares, a la oposición, y todos contribuyen al galimatías y se acusan de ser la parte contratante de la primera parte que será considerada por la parte contratante. El horror, el horror, sentenciaba Kurtz/Brando, y lo decía en penumbra, antes de recibir el recibo de la luz. Y en eso anda la población española, imitando al desaparecido actor de Hollywood, acariciándose la calva o mesándose los cabellos, y susurrando, el horror. Indefensos ante este fenómeno celestial que es el megavatio, un dios tiránico ante el que no puede hacerse otra cosa que dar cuenta de su récord diario, como si fuese una especie de Usain Bolt dopado e imparable.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reapareció en televisión hace unos días como Moisés bajando del Sinaí. Habló de tal forma que parecía traer bajo el brazo las nuevas tablas de la ley eléctrica. Pero, según los expertos, ahí quedará la cosa. El megavatio seguirá corriendo contra nuestros bolsillos como Usain Bolt corría contra el cronómetro contra los 100 metros lisos. Y nosotros ganaremos el oro olímpico en paciencia.

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