Diario de León

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Lo primero que veo cuando me bajo del coche es una ‘mulida’. El alcalde y Antonio, que nos ha acompañado en el todoterreno, me dicen que lo que he recogido del suelo es una pieza de cuero que se empleaba para amortiguar el peso del yugo que unía las cabezas de dos bueyes, o dos vacas, en el tiro de un carro.

Venimos de Barjas. Hemos subido por la carretera de Quintela para hablar con el último habitante del pueblo, todavía tomado por las furgonetas y los camiones del equipo de rodaje de la película As Bestas , del director Rodrigo Sorogoyen, y estamos al pie del antiguo horno comunal, una estructura circular donde en tiempos mejores se amasaba y se cocía el pan, convertida ahora en una ruina. En frente, el edificio de lo que fue la escuela es un montón de piedras. Y me pregunto cuánto tiempo llevarán los restos de la ‘mulida’ en la cuneta. Cuánto tiempo hace que no pasa un carro de vacas, o de bueyes, por las calles empinadas de Quintela, en la linde con Galicia y a salvo de la niebla que estos días cubre buena parte del Bierzo.

A mi alrededor todo son señales de abandono. Pero también hay algunas casas arregladas, segundas residencias. En Quintela solo vive Sergio Cela, que tiene 65 años, es soltero, y se gana la vida con un rebaño de 27 vacas. En unos meses lo veremos en algunos planos de As Bestas , una historia de violencia rural que habla de la desconfianza que despiertan los forasteros en los pueblos de montaña.

Y no hay ‘mulida’ que amortigüe la despoblación; el fantasma que se ha adueñado de las casas de Quintela. Las personas que las habitaron, o están muertas, o hace mucho tiempo que se marcharon.

Sergio Cela tampoco tiene nada que ver con el personaje de Andrés, el último habitante de Ainielle, el pueblo del Pirineo aragonés que Julio Llamazares imagina en su novela La lluvia amarilla . Es más socarrón. Y se nota que ha hecho buenas migas con los técnicos del equipo de As Bestas . Pero hay algo en sus ojos, cuando mira a la cámara del fotógrafo de este periódico en el establo donde guarda las vacas, que parece contar otra historia. Si hay algún fantasma —como los de otra novela monumental como Pedro Páramo— en las ruinas de Quintela, es algo que Sergio Cela se guarda para dentro. Los de fuera solo vemos la ‘mulida’.

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