miércoles 30/9/20

El cofre del wolfram

Cuenta la leyenda que en la Peña del Seo hay escondidos tres cofres; uno repleto de oro, otro cargado de azufre y un tercero lleno de nada. Vacío.

Dicen los más viejos que quién encuentre el cofre repleto de oro será rico para siempre. El que dé con el cofre de azufre arderá durante toda la eternidad en el infierno. Estará perdido. Y el que descubra el cofre vacío vagará como un alma errante por el purgatorio. O por la nada, que debe ser peor que el infierno.

Quienes escarbaron en la Peña del Seo durante nuestra posguerra y en mitad de la Segunda Guerra Mundial debieron encontrar un cuarto cofre relleno de wolfram, porque desataron una fiebre que duró poco, pero dejó una huella onda en el Bierzo. Contrabando, espías, traiciones y trapicheos con los nazis que usaban el mineral para endurecer el blindaje de sus carros de combate, y con los aliados, que lo compraban para tirarlo al mar.

«El wolfram fue un espejismo, un sueño de corta duración, aunque lleno de brutalidad y violencia», escribe José Enrique Martínez en un estudio publicado por el Instituto de Estudios Bercianos donde habla de la obra más famosa -en esta tierra fronteriza desde donde les escribo- de Raúl Guerra Garrido, que estuvo a punto de nacer en Cacabelos y que se ha quedado a las puertas de ser nombrado Hijo Adoptivo de su pueblo; el lugar donde creció y donde pasaba los veranos «desde el rebusco de la cereza hasta las primeras uvas», me contaba esta semana con pocas ganas de salir, a sus 85 años, de su casa de San Sebastián en vista de lo llena que está la playa de la Concha.

Con El año del wolfram, Raúl Guerra Garrido volvió a poner al Bierzo en el mapa de las buenas historias. No solo en Cacabelos, en toda a comarca le deberíamos estar agradecidos. Y Raúl Guerra Garrido, Premio Nadal, Premio Nacional de las Letras y en posesión de la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (suena pomposo, pero no se trata de una medalla que le den a cualquiera) es uno de esos autores que afortunadamente están recibiendo homenajes en vida. Menos en el pueblo donde le hubiera gustado nacer y donde quiere ser enterrado bajo las ramas de un cerezo. Allí hay quienes han tenido al alcance de la mano un tesoro eterno de wolframio y han preferido abrir un cofre vacío.

El cofre del wolfram
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