miércoles 26.02.2020

El revisor fantasma

Cuarto creciente | "Eran las once y media de la noche del 31 de diciembre de 1943 y un hombre de entre cuarenta y cincuenta años de edad, con una cesta y capote de ferroviario, se subió a su departamento y les dijo a los viajeros que en la estación y en los túneles de Torre había ocurrido un grave accidente"

Pablo Herrero era un señor de Astorga, «de reconocida solvencia» y por tanto nada fantasioso, que tres días antes del accidente ferroviario de Torre del Bierzo —la mayor catástrofe de la historia de los ferrocarriles españoles con un centenar de muertos— escuchó algo que no le encajaba en vista de lo que ocurrió después, mientras su tren se encontraba detenido en la estación de Valladolid.

Eran las once y media de la noche del 31 de diciembre de 1943 y un hombre de entre cuarenta y cincuenta años de edad, con una cesta y capote de ferroviario, se subió a su departamento y les dijo a los viajeros que en la estación y en los túneles de Torre había ocurrido un grave accidente. Imagínese la inquietud de los pasajeros. Le preguntaron al supuesto ferroviario, claro, si realmente había sucedido algo tan grave como para tener que bajarse del tren en León, o en Astorga. Pero el hombre de la cesta y el capote les respondió que «no podía asegurarlo».

Pablo Herrero, el solvente testigo de la conversación, contó todo esto a la Guardia Civil seis días después del suceso que dejó cien muertos en las vías y en el túnel incendiado tras el choque del tren correo 421 con una máquina de maniobras y un convoy de carbón; mañana, 3 de enero, se cumplen 76 años. Y el juez que investigaba la tragedia pidió que le trajeran al supuesto ferroviario, no fuera a estar al tanto de un sabotaje. Pero no dieron con él.

Años después, la historia del ‘revisor fantasma’ saltaría de algunos blogs poco solventes a la televisión autonómica —hasta Iker Jiménez habló de él en Cuarto Milenio— y hubo quién se preguntó si todo aquello que escuchó Don Pablo Herrero en el expreso 405 no sería «un sueño premonitorio» del revisor, o «una alucinación en estado consciente que le había transportado tres días en el tiempo».

Pero la verdad, nos cuenta el historiador Vicente Fernández en ese libro monumental donde ha investigado todos los aspectos de la catástrofe, incluido el del revisor fantasma, suele ser menos sugerente. Los accidentes eran frecuentes en aquella línea y el ferroviario, si realmente lo era, solo hizo un comentario sobre un suceso que ya habría ocurrido y podía estar mal informado.

O quizá Don Pablo, añado yo, no era tan solvente como decían y el sueño, a las once y media de la noche, lo tuvo él.

El revisor fantasma
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