Diario de León

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El primero apareció en un lugar desértico de Utah. Tres metros de altura en medio de la nada, contaron sus descubridores. Como en aquella película de Kubrick. La luz centelleaba sobre su superficie brillante y pulida, rodeado de rocas rojas cuando un grupo de funcionarios lo divisó desde un helicóptero. Y en pocos días, aquel lugar remoto se convirtió en sitio de peregrinación, hasta que unos desconocidos se lo llevaron.

El segundo monolítico metálico surgió pocos días después en un rincón de Rumanía. Otra pieza que recordaba a la losa que un grupo de simios encuentra en Una odisea en el espacio, a solo unos metros de los restos de una fortaleza dacia edificada hace dos mil años para frenar a los romanos.

La tercera columna plateada fue descubierta en California, en la cima de una montaña próxima a la localidad de Atascadero. Y aquello, claro, agrandó aún más el misterio.

Después apareció un cuarto monolito en la reserva natural de Konduki, en Rusia, pero aquello tenía una explicación; era la forma de celebrar la victoria de una institución científica en un concurso.

El quinto monolito de esta lista de hallazgos volvía a tener un origen desconocido y lo descubrieron unos excursionistas en la provincia de Frisia, al norte de los Países Bajos. Su superficie era mate, en lugar de brillante.

Y el sexto y último descubrimiento ha tenido lugar más cerca, en las ruinas de la antigua iglesia de Santiago en Ayllón, en la provincia de Segovia. Apenas tres chapas metálicas endebles que se han caído varias veces en medio de las risas de los curiosos que se acercan a verlas.

Pero entre medias hemos sabido que en Nuevo México hay colectivo de artesanos, The Moust Famous Artist, que fabrica ese tipo de objetos pulidos y los vende por 45.000 dólares. Aparecerán más imitadores, seguro. Y lo de los monolitos misteriosos parecerá el broche bromista a este año de reclusiones y pandemia. Lo que no entiendo es por qué está tardando tanto en aparecer el séptimo totem entre los picachos de arcilla y los castaños de Las Médulas. Será que en el Bierzo somos demasiado bizarros para estas rarezas.

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