Diario de León

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Para entrar en el Frente Popular de Judea había que odiar a los romanos. Odiarlos con las entrañas. Odiarlos con la cabeza y el corazón, odiarlos con inquina infinita porque habían traído la tiranía y la opresión, el rodillo del invasor, que aplastaba la libertad del pueblo judío, sometido por el peso implacable de la romanización.

En el Frente Popular de Judea no podían ver a los romanos, sí. Casi como los galos de Astérix, pero sin poción. Y sin embargo, todavía había un grupo de personas al que odiaban más; el Frente Judaico Popular, los disidentes.

A los disidentes, ni agua, aunque también odien a los romanos.

A los disidentes, ningún argumento que les de oxígeno. Aunque tampoco puedan ver al emperador.

A los que disienten y se van, y crean su propio frente popular, hay que odiarles más que a los romanos, hay que dejarles a un lado, no vaya a ser que su estrategia desplace al frente original, al embrión del que surgió todo.

No soy el primero en recodar aquel fragmento hilarante de La vida de Brian — la película genial, por irreverente, de los Monty Python— para hablar de lo que le ocurre a la izquierda en este país, donde a la disidencia de los disidentes le ha salido estos días una disidente, como en un juego de matrioshkas, apenas dos semanas después de que el partido haya dado el salto a la política nacional. Hablo de Más País, claro, que disiente de Podemos; que a su vez, como todos sabemos, nació porque el viejo PSOE parecía incapaz de transformarse y asumir las peticiones del 15-M.

Hablo de la reciente dimisión de Clara Serra, que deja a Iñigo Errejón, que a su vez es considerado un traidor por los incondicionales de Pablo Iglesias, que estos días no dejan de repetir, por otra parte, que el PSOE de Pedro Sánchez sigue sin cambiar en realidad.

Todos ‘odian’, entre comillas, a la casta. Todos quieren cambiar las cosas; derogar la reforma laboral, aplicar políticas sociales, evitar que una nueva crisis afecte a los más desfavorecidos; todos quieren revertir los recortes en sanidad y en educación, que han dejado los servicios públicos por los suelos. Pero a la hora de la verdad, siempre hay alguien a quien odian más que a los romanos. Y así nos va.

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