Diario de León

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El libro comienza así: «Fueron los canteros de Galicia quienes levantaron, piedra sobre piedra, las casas de Noceda, la de mi niñez, sobre una pradera, con bodega, palomar, mirando a una calzada romana, al fondo la cordillera de Gistredo, al sur los montes Aquilianos».

El libro se titula Nombres Propios y cuenta la vida del nieto de un aceitero con raíces en Tierra de Campos y el Páramo leonés, pero afincado en Noceda del Bierzo, que recorría los pueblos con su carromato. Ese niño escuchaba historias de bruxas y de trasgos en el filandón, fascinado por las leyendas de tesoros escondidos, o la de María Sola, la pastora de mirada triste que da nombre a una peña porque a la hora de comer se apartaba por vergüenza de los demás para que no vieran que todo lo que tenía en el zurrón era un mendrugo de pan de centeno.

Ese niño se hizo mayor y fue seminarista en Astorga, donde pasó hambre, pero tuvo buenos profesores. Y con 22 años ya era cura obrero, recorría el macizo de la Peña del Seo, la Tierra del Wólfram, y se preocupaba por los mineros asturianos en huelga. Por eso chocó con la jerarquía de la Iglesia y con el régimen de Franco.

Comprendió, lo ha dicho más de una vez, que no tenía espacio en la Iglesia «si quería estar con los de abajo». Y dejó los hábitos. Se casó y tuvo un hijo. Y se hizo abogado laboralista; una ‘tribu’ de la que emergió la izquierda durante los años de entusiasmo de la Transición.

Convencido de que la política «es el arte de lo posible, pero nunca una obra de arte», porque se basa en el pacto, y seguro de que el socialismo era el mejor lugar desde donde luchar por los perdedores, entró en las listas del PSOE, fue diputado en el Congreso, diputado en el Parlamento Europeo y gobernador civil de Pontevedra. Dejó la política y volvió a la abogacía. Y se retiró a Bayona cuando la enfermedad que le dejó sin voz le obligó a abandonar su despacho.

En Bayona ha muerto ahora Pepe Álvarez de Paz; el nieto del aceitero que en las veladas de invierno usaba los botones de la cesta de la costura para jugar a la lotería en la casa del abuelo. «No había premios, solo la alegría compartida de cantar el pleno», escribía en Nombres Propios un hombre que quiso contar su vida como la vivió, a través de la vida de los otros. Y así es como me gustaría recordarlo.

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