sábado 21/5/22

Lejana estrella brillante

Cuenta Robert Olmstead en Lejana estrella brillante que el verano de 1916 había sido un asedio de viento furioso y aire ardiente en la frontera de los Estados Unidos con México. Un verano de polvo y arena y viento y luz, en medio de una revolución que ya duraba seis años.

La tierra estaba cuarteada porque había sequía y todo el territorio de Sierra Madre aparecía blanqueado, quemado como un horno, cuando una patrulla de la caballería norteamericana se adentró en el desierto en busca de los guerrilleros de Pancho Villa, caudillo de la revolución que en el mes de marzo había atacado la ciudad de Columbus, en el estado de Nuevo México, no se sabía muy bien por qué.

Quizá, se especulaba, porque un hombre de negocios norteamericano le había engañado en un trato para comprar armas y esa había sido su forma de vengarse. O porque durante la batalla de Agua Prieta, unos meses atrás, reflectores de luz alimentados por la electricidad que procedía del otro lado de la frontera habían dejado al descubierto a sus guerrilleros, que se lanzaban al asalto. Deslumbrados por la luz, los jinetes de Pancho Villa habían caído abatidos por las ráfagas de las ametralladoras. Y quizá por eso había atacado Columbus y ahora el Gobierno de los Estados Unidos le buscaba para castigarle.

El calor era sofocante en el desierto de Sierra Madre. El aire, abrasador. Pero por la noches las temperaturas bajaban treinta grados de golpe. Y la caballería norteamericana, por más que se esforzaba, no daba con Pancho Villa. Su rastro se perdía en un valle alto, cuenta Olmstead, en un pico de montaña, en una cueva que no existía.

Pancho Villa, convertido en un espejismo.

Y ese es el momento en que los soldados del último pelotón a caballo del ejército de los Estados Unidos descubren que no solo van en un busca de una fantasma que apenas deja huellas, también penetran en una tierra despiadada y violenta. Pero, sobre todo, se dan cuenta de que el peor enemigo al que se enfrentan, el demonio más poderoso, es el que cada uno de ellos lleva dentro de sí mismo.

Eso narra Robert Olmstead en Lejana estrella brillante. Y el polvo, y la arena, y el viento, y la luz infinita de la frontera con México, me rechinan en los dientes cada vez que abro el libro.

Lejana estrella brillante
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