viernes 20/5/22

Morir de viejo

Saturnino de la Fuente García, el hombre más longevo del mundo, se ha muerto de viejo en su casa de Puente Castro. Tenía 112 años y once meses, y según el Libro Guinness de los Récords, no había en todo el planeta otro varón que hubiera vivido tanto.

Había nacido en 1909, antes de la Primera Guerra Mundial. Era un niño cuando el planeta sufría la primera gran epidemia global, la mal llamada gripe española. Y le gustaba decir, recordaba ayer Ana Gaitero en este periódico, que había vivido la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, la revolución de 1934, la Segunda República, la dictadura de Franco, la monarquía de Juan Carlos I y la de Felipe VI. «Una vida tranquila y no hacerle daño a nadie», es lo que respondía cuando alguien le preguntaba cuál era el secreto de su longevidad.

Zapatero de profesión, no fue a la guerra porque era bajito y resultaba más útil haciendo zapatos para los soldados. Y en 1937 se libró de morir aplastado por los escombros que dejó un avión estrellado en la calle La Rúa porque había salido a hacer un recado. Aficionado al fútbol, en Puente Castro no se olvidan de que fue uno de los fundadores del club del barrio. Por eso era socio número uno del club.

Saturnino tuvo ocho hijos, catorce nietos y veintidós bisnietos. La pandemia le había impedido verlos a menudo en estos últimos meses. Y se ha ido después de soltar «un enorme suspiro», escribe Gaitero, al poco rato de desayunar.

Su muerte ha sido noticia en los telediarios, en la prensa, en la radio, el mismo día en que se iba un mito del fútbol como Paco Gento, La Galerna del Cantábrico. El extremo izquierdo del Real Madrid, compañero de equipo de otras leyendas como Di Stéfano y Puskas, ganó seis Copas de Europa y doce Ligas y se retiró del fútbol con 37 años, cuando ya había corrido todo lo que podía correr por la banda del estadio Santiago Bernabéu.

Paco Gento era veloz, vertical. Y sus regates encendían a la grada. Tuvo una larga carrera deportiva. Y una vida larga en general, aunque no se pueda comparar, claro, con la de Saturnino.

Los dos se han ido un día de invierno, cuando parece que la sexta ola de la covid 19 comienza a aflojar, y es un alivio comprobar que se puede vivir una vida larga y saludable. Y morir de puro viejo.

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