Diario de León

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El día de la centella, la torre de la Basílica de la Encina de Ponferrada se vino abajo alcanzada por un rayo. El fuego devoró la estructura, incendió el órgano de la iglesia y obligó a levantar un nuevo campanario de estilo barroco. Era el verano de 1736.

La nueva construcción todavía sigue siendo el lugar a mayor altura del Bierzo; un perfecto mirador donde otear la ribera del Sil y su cruce con la del Boeza, los tejados de pizarra, las azoteas de la ciudad y más allá, las choperas, los viñedos, los campos de labranza o en barbecho.

Al campanario de la Encina se llega después de subir por unos escalones de vértigo. Angosta, oscura, estrecha, la escalera recuerda mucho a la que aparecía en la abadía californiana de aquella película de Hitchcok que en España se tituló Vértigo. De entre los muertos.

La historia de la Basílica de la Encina, aunque haya una centella de por medio, no es tan dramática, por fortuna. Hace unas semanas recolocaba sus campanas de hierro y su carrillón tras un rehabilitación en los talleres de una de las pocas empresas especializadas. Y en el Camarín de la Encina, al lado del lugar donde antes o después abrirá un museo sobre la torre, todavía esperan a que el rectorado de la Basílica reúna dinero o reciba ayuda para su restauración cinco de los seis espejos venecianos que el rey Felipe V y su esposa donaron a la Basílica unos años antes del día de la tormenta.

Los seis espejos, joyas de la orfebrería, se salvaron del fuego de 1736, pero no han podido evitar el deterioro que provoca el paso del tiempo. Solo uno de los seis ha sido rehabilitado por la Junta de Castilla y León —y de eso hace ya seis años— en el Centro de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Simancas. El resto languidece, como las escaleras de vértigo, y devuelve un reflejo distorsionado por el azogue desgastado con los años.

Alguien debería acordarse de ellos. Mirarse en esos espejos y tomarse en serio la rehabilitación de las escaleras, la apertura del mirador y del museo de la torre que proyecta el rectorado de la Encina desde hace tiempo. Es cosa de todos, de los fieles, de los que rezan y de los que no pisan la iglesia. Y si no ponen el dinero las administraciones, ni el Obispado de Astorga, no quedará otro remedio, rayos y centellas, que organizar un crowdfunding.

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