viernes 30/10/20

Un doblar de campanas

Entró en París encaramado en un vehículo blindado bautizado con el nombre de Don Quichotte. A su lado circulaban otros half-track con apodos tan castizos como Ebro, Guadalajara o Teruel, nombres de batallas libradas en la reciente guerra en España. Era la noche del 24 de agosto de 1944, el Tercer Reich estaba sentenciado, y los republicanos españoles de la compañía Nueve de la Segunda División Blindada del general Leclerc, veteranos de la Guerra Civil que ahora luchaban con las tropas de la Francia Libre, eran los primeros en acceder al corazón de la Ciudad de la Luz.

Evelyn Mesquida cuenta en su libro La Nueve. Los españoles que liberaron París, que «llegaron zigzagueando con rapidez desde la Puerta de Italia» y después de atravesar el puente de Austerlitz, tomaron la orilla del Sena, el muelle de la Rapée, el de Enrique IV y el de los Celestinos, hasta que a las nueve de la noche y veintidós minutos, los tres primeros tanques de la columna se plantaron ante el Ayuntamiento de París.

Instantes después, con los nazis en desbandada, con los primeros parisinos que se echaban a la calle para celebrar la liberación, todavía se escucharon algunas ráfagas de metralleta contra la fachada del Ayuntamiento, ocupado por la Resistencia. Tiradores que fueron abatidos por los españoles desde el half-track Ebro.

Y cuenta Mesquida que mientras la multitud entraba en la plaza, «por encima del alborozo general y de las entusiastas estrofas de La Marsellesa, comenzó a oírse un doblar de campanas. Primero fue el grave sonido del bordón de Notre-Dame y poco después, en eco luminoso, comenzaron a repicar todas las campanas de París». El entusiasmo se prolongó durante toda la noche, después de tres años de oscuridad.

Ayer nos enteramos de que el último de aquellos hombres de la Nueve, de aquellos combatientes que ya había luchado por la República en España, movilizado a los 17 años junto a la llamada Quinta del Biberón, moría de madrugada a los 99 en su casa de Estrasburgo. Ha sido el coronavirus, claro. El enemigo invisible. Y cuando todo esto acabe, y acabará antes o después, tiene que oírse un doblar de campanas, un repicar muy fuerte por personas como el almeriense Rafael Gómez, que liberó París a lomos de Don Quijote.

Un doblar de campanas
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