lunes 06.04.2020

Quejas en el paraíso

Se me cayó del nombre el Juan en pocas horas. Iba a llevarlo, por mi abuelo paterno, pero una visita a la clínica me lo arrebató. Después de tantos años la memoria histórica familiar flaquea. Unos dicen que fue mi padrino y otros que su hermano mayor. Lo cierto es que al oír que al Carlos que quería mi madre se le antepondría un Juan soltó un airado ‘eso, como el tonto del príncipe...’. Han pasado muchos años. Aquel aspirante a la corona es ya emérito. Y el Juan hubo que recuperarlo saltándonos una generación.

Recordaba estos días a mi abuelo. Vivió ya muy enfermo la Transición, con todos sus complicados episodios. Pero nunca perdió su especial clarividencia. No leía el periódico, lo estudiaba, por sus limitaciones físicas. Y tras pasar la guerra en Madrid sabía bien cómo se las juega la gente cuando se complican las cosas. No contaba muchas batallinas. Se le quitaron quizá las ganas en su año y pico de trabajos forzados, en aquel Madrid que era el paradigma de las traiciones. Me volvía a la memoria su permanente recordatorio, cuando yo era niño, cada vez que el panorama se enrarecía: tened en casa aceite, azúcar... Seguro que nunca olvidó la noche que en Paracuellos, junto a sus compañeros, alegó que no quería orinar para seguir en la caja del camión y no ponerse junto al muro. Un aviso bisbiseado les salvó la vida.

Su mujer vivió hasta 2002. Ella sí contaba más. Aquella ciudad, ahora vista como paraíso, era una especie de trampa de confinados que intentaban sobrevivir escondiéndose de los bombardeos franquistas. Sin poder coger las barras de pan que arrojaban como guerra psicológica entre amenazas de disparos y dudas sobre si era cierto que estaban envenenadas. Y con el terror cada noche a recibir la visita de los amos de las calles, a los que les valía cualquier chivatazo para ir a por quien fuese. En los últimos años se enfadaba al oír que la intentasen convencer que aquello había sido de otro modo... Insistía con una especie de letanía en que lo peor que te podían encontrar los milicianos era cualquier objeto religioso. Era tu perdición segura...

Muy cerca de Ventas, mi abuela sacó adelante a su recién nacido esperando volver a ver algún día a su marido, que era policía de profesión. La solidaridad de los vecinos, con códigos a través del patio, les convirtió en una familia tan unida que décadas después aún se citaban en las bodas y funerales.

Por ellos, me niego a quejarme estos días.

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