martes 26/1/21

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Cuanto más escucho lo de que nada será igual más me abono al inmovilismo. Lamentablemente la sociedad nos ha demostrado de manera reiterada su capacidad para digerirlo todo. Para fagocitar los episodios más execrables sin apenas despeinarse, con hechos como el ataque a Estados Unidos el 11-S, los atentados en ciudades europeas —incluido el 11-M de Madrid—, el siempre perenne problema de las hambrunas, o con conflictos estructurales del Planeta como el agujero de la capa de ozono o el calentamiento global. La sociedad pasa página dejando atrás los cadáveres —nunca mejor dicho— quizá por esa creciente falta de unos liderazgos que fueron fundamentales para superar otras etapas de graves crisis, como las padecidas ya a nivel global —quizá por vez primera— en el siglo XX. La sociedad hoy lo devora todo, con la duda de si es omnívora o más bien antropófaga, al no poner freno a la capacidad de animar a las gentes a ir unas contra otras.

En esta pandemia quizá se repiten guiones. Con unos mandatarios cainitas. Con una sociedad disciplinada exhibiendo generosidad. Y con una minoría que como en tantos episodios genera un daño que se dispara con su irresponsabilidad y egoísmo. Hace ya tiempo se lo escuché a un jefe policial: el conflicto de este país es el de siempre, tenemos demasiados trastornados.

Con los duros datos actuales de la pandemia cabe preguntarse qué estamos haciendo. Por fin llegan los test masivos —llamados ahora cribados—, aquellos que se auguraron en marzo como la única forma eficaz. Después de tantas contradicciones se percibe la sensación de que damos palos de ciego. Ahora vuelve el cierre de bares, gimnasios y comercios, una medida cuestionable que se implanta sin mirar más allá. Sin tener en cuenta que es cierto que el ejercicio físico es imprescindible para muchas personas con patologías. Que el cierre de instalaciones impide esa gimnasia para personas mayores que es su única válvula de escape. O para esos niños que tienen que estirar literalmente sus nervios. Enfrente otras cosas abiertas, porque esas ‘no contagian’.

La hostelería tiene una labor social también de acompañamiento y de servicio fundamental —nunca mejor dicho— para quienes se desplazan de localidad o de barrio para cumplir alguna obligación. Para los que trabajan al aire libre o se ven forzados a viajar y necesitan calentarse, comer... pero eso no se percibe desde la atalaya de los despachos de políticos y asesores.

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