martes 17/5/22

Bendita ciencia

No hay dinero mejor invertido que el que se destina a investigación. No da réditos a corto plazo. Quizás tampoco en decenios. Pero lo que sí está claro es que apostar por la ciencia acumula sabiduría, tecnología y procesos avanzados de investigación que transforman a las personas y hacen más competitivos a los países. El presupuesto anual de España en este concepto supone el 1,24% del Producto Interior Bruto, mientras que la inversión media europea está en 2,12%. Parece poca diferencia, pero es mucha. El mundo que conocemos es sólo una parte de la realidad que está al alcance del cerebro humano. Lejos del conocimiento y lo que consideramos ahora verdadero, hay una vida oculta inaccesible e invisible, pero real. Cuanto más crecen el entendimiento más aumentan las preguntas. «Sólo sé que no sé nada», dice Platón que dijo Sócrates. Y la clave del avance de la ciencia sigue siendo este mismo planteamiento. Cuanto más avanza el conocimiento más grande se hace el mundo que queda por descubrir, que se convierte en inabarcable. Que la ciencia es un bien de primera necesidad es una realidad indiscutible a estas alturas de la evolución humana. Mínimos avances pueden significar saltos de gigante que cambian, de pronto, lo que parecía inamovible. La noticia del estudio de la Universidad de Harvard, publicado en la revista Science que señala como «probable» que la esclerosis múltiple, una enfermedad neurológica crónica y progresiva, esté causada por la infección del virus de Epstein-Barr, que provoca la mononucleosis, es la mejor manera de empezar un nuevo año después de 24 meses de pandemia. De nuevo, es otro virus el que está detrás de las peores enfermedades. El día en que los investigadores desenmascaren definitivamente a estos agentes patógenos, si es que ese avance de la ciencia ahora improbable ocurre en algún momento de la historia de la humanidad, habrá que empezar a contar los años de nuevo, tal y como se hizo con el nacimiento de Cristo, y colocar el marcador de la evolución a cero. Aunque entre la comunidad científica hay un consenso contundente e irrefutable de que los virus y las bacterias sobrevivirán al planeta en caso de una explosión y extinción definitiva, la curiosidad y la ambición nunca cesarán para alcanzar este objetivo. El sueño de la inmortalidad es, de momento, sólo eso, un sueño. Filósofos, escritores, pintores, científicos, ingenieros, cineastas y pensadores nunca dejan de imaginar un mundo libre de enfermedad y muerte, aunque la realidad mostrada hasta ahora convierta en imposible ese objetivo. La inversión en ciencia es la única apuesta definitiva que tienen los estados para conseguir que la humanidad se aproxime cada vez más a la realidad de la vida.

Bendita ciencia
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