martes 17/5/22

Eutanasia

La explicación que damos a la muerte está muy afectada por las costumbres y por la religión. Nada hay más seguro en la vida que la muerte y, sin embargo, esta sociedad vive de espaldas a una realidad inevitable ¿Temerla, ignorarla o aceptarla en paz y con conocimiento? La muerte no es un contenido de conversación buscado en las reuniones familiares, en la cena de fin de año o en las celebraciones de cumpleaños. Los eruditos del protocolo social la colocan en la lista de los asuntos de los que no es recomendable hablar y hay quién se emplea a fondo en disfrazársela a la infancia con el mismo empeño que se le oculta a un enfermo terminal que se va de esta vida sin ser consciente de su último aliento. Esa evitación de una realidad que da miedo,d e tan ignorada, convierte en un tabú la mayor certeza a la que nos enfrentamos desnudos de herramientas psicológicas, abandonados y sin ningún conocimiento ni control final de nuestro dolor justo en los últimos días de la existencia. Tan enseñados y orientados a todo lo demás desde que nacemos, la muerte se nos arrebata. La Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia permite desde ayer que una persona pueda pedir al personal sanitario adelantar su muerte si tiene un «sufrimiento físico o psíquico insoportable, con una enfermedad grave e incurable, con un pronóstico de vida limitado y en un contexto de debilidad progresiva». Nadie puede pedir la eutanasia para otra persona. La Ley no lo permite. La solicitud tiene que hacerla el propio paciente si es mayor de edad y está en perfecto uso de sus facultades y debidamente informado. Además, el proceso desde que se manifiesta la primera petición hasta que un comité de expertos de distintas especialidades estudia, analiza y decide sobre el caso, puede pasar más de un mes. Y si llega la hora en la que todas esas circunstancia de muerte inevitable y sufrimiento se producen pero el paciente se encuentra incapacitado para decidir, nadie puede tomar esa decisión por él a no ser que previamente, cuando estaba en plenas facultades, dejara constancia por escrito en un testamento vital los deseos sobre sus últimos días, un acto de libertad y de respeto al que por fin podremos enfrentarnos sin tutelas y con pleno conocimiento. Impedir que un ser humano decida libre, consciente y voluntariamente sobre los últimos días de su vida cuando tiene un padecimiento grave y pronóstico de vida limitado es un intento más que se suma a otros propósitos ya vividos de dejarnos desprovistos de la libertad de decidir cómo vivir, cómo, cuándo y a quién amar o cómo y cuándo gestar. Es un intento más de presionar para que sean otros los que tomen las decisiones sobre nuestras vidas. Nadie quiere morir, pero la decisión de cómo afrontar los últimos días de nuestra vida es un acto tan transcendental del que no nos pueden dejar al margen.

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