viernes 14/8/20

Aquí no se salva ni Dios

Imagine que va al banco a sacar dinero y no puede. Si el corralito no tuviera precedentes, la gente no lo temería y las entidades financieras podrían jugar a lo suyo. Pero aunque los expertos lo descarten, Argentina en 2001 o Grecia en 2015 son aval suficiente para atemorizar al pueblo y que acuda en masa a retirar sus ahorros... Instinto de supervivencia. Lo siguiente, una vez le han negado la posibilidad de obtener efectivo, se llama pánico. ¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Qué voy a comer ahora? Y del pánico se pasa a la acción. A nadie se le caerían los anillos por robar en una tienda un chorizo y un paquete de arroz: SOS, a poder ser. Lo que de verdad acojona sería que nadie se convirtiera, de la noche a la mañana, en veinte tíos que se nieguen a pagar a una cajera porque no tienen qué comer —este prólogo es de autoría italiana—. «Siempre hay que ponerse en lo peor», dice siempre el progenitor de quien escribe. Uno de los que lanzó la primera piedra fue el vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Francisco Igea. Tal vez, la roca más acertada para levantar un inquietante resuello que impide el sueño y despierta pesadillas en forma de tempestad vaticinada. «Los efectos de esta crisis», escarmentó, «serán desconocidos y más cercanos al crack del 29». Al día siguiente vino el lendakari vasco a amedrentar a tan bravo pueblo como es el suyo. «La viabilidad futura de las empresas es de una envergadura desconocida hasta ahora. Saldremos magullados y doloridos» —habrá que ver el umbral de dolor de cada ser humano— «pero saldremos adelante», intentó enmendar. Aunque, sinceramente, por lo que dijo José Luis Ábalos, la contingencia parece menos severa que la restricción de la libre disposición de dinero —corralito— en los cajeros. Lo que dijo fue algo así como que las consecuencias de la crisis post-coronavirus las pagamos entre todos. El ministro de Transportes reconoció como «evidente» los costes que están por llegar. Además, atribuyó al Gobierno la tarea de «minimizar» dichos costes y «hacer un reparto justo de ellos entre actividades, sectores económicos, sectores sociales y generaciones». Pues eso, que aquí no se salva ni Dios. Y no por la Semana Santa 2020, que pese a su ausencia, se ha mantenido viva con una banda sonora que ha inundado cada calle de la ciudad. La literalidad de sus palabras anuncia el eslogan ‘deuda intergeneracional y multisectorial’. Así que, para no verlas venir, la recomendación oportuna es que vayan abrochándose los cinturones si aún no lo hicieron. Abuela, madre y nieta, jefe y empleado, periodista y fontanero, empresario y autónomo, dentista y camarero... ¡El Covid-19 no les distingue! Y el sistema capitalista que el neoliberalismo engendró hace varias décadas, ¡tampoco!

Aquí no se salva ni Dios
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