viernes 14/8/20

La hora del pelotón de los currelas

Desfasamos, por fin, la ciudad. La gente de bien, que es sabia y estaba necesitada de calor humano, de espabilar con un café y un pincho de tortilla, se ha tirado a las terrazas. Otras están esperando a la siguiente etapa de la desescalada por eso de «las pérdidas económicas». Los costes que lleva abrir un bar no compensan al 50%, es bien sabido.

Pues entre aquellos que fueron a celebrar la fase 1 a los bares, entre los que suben la trapa y entre quienes lo harán próximamente, se levantará también el país. Dando por hecho que la gente de bien es de clase obrera. Que no es que se vea a los políticos como gente de mal, pero no es lo mismo. Además, ya lo dijo Spengler: «A última hora, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización». Pensamiento que Umbral, que no era menos filósofo, matizó: «A veces es un pelotón de obreros». Pues no queda otra. Llegó la hora del pelotón de los currelas. Y la confianza es plena, pues simplemente se trata de hacer —quizá con más ganas que nunca por el parón vacacional— lo de siempre. Currelar. Hoy el brindis es por todos ellos, todos los obreros, desde el más marxista hasta el último de la fila del lumpemproletariado. Insurrección... Laboral. Porque hoy sólo es posible creer en su entereza para ponerse en pie cada día y tirar pa’ lante. No queda otra y ya verán que las dantescas pesadillas que nos venden, con garantías, en la tele, serán una piedrecita en el camino comparado con la roca robusta e indestructible que compone al proletariado.

Sería muy distinto si la clase política se pusiera más y mejor el mono de trabajo, pudiendo así hacer un reparto más equitativo de las responsabilidades. Pero igual eso suena muy comunista. Si estas mujeres y estos hombres doblaran el espinazo como Uri Geller cucharas para satisfacer los deseos y órdenes de la sociedad que les elige libremente, la balanza se podría equilibrar en aras de la prosperidad. Hasta si se dignaran, unos cuantos, a ahuecar el ala, para dejar puestos de gobierno a los profesionales más cualificados del país—de la ciencia, la economía, la educación, las artes; y sin cuñadismos ni enchufes que es lo que provoca que nunca mejoren las cosas—, el currela de a pie no tendría que soportar tanto lastre descorazonador que atormenta desde el cielo. Lo más acojonante es que, como una mula de carga, la masa que conforma el pedrusco sólido del proletariado padece la granizada—a veces es lluvia ácida amarilla— como inmunizada, sin que las hostias le impidan seguir tirando del carro. «Cuando todo está confuso, enredado, perdido, sólo encontramos una roca de fijeza a la que arrimarnos: la entereza mineral de los obreros». ¿Lo pensará igual Pedro Sánchez? Mientras nos saca de dudas, me toca volver al tajo y como buen obrero... Por salvarme a mí y a todos mis compañeros.

La hora del pelotón de los currelas
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