viernes 14/8/20

No puedo respirar

Diez minutos nunca se hicieron tan largos. Duran hasta hoy y probablemente esta semana seguirán vivos en un incendio provocado por el racismo de un madero sin escrúpulos de Mineápolis. Hubiera sido más fácil levantar la rodilla y dejar que George Floyd recuperara algo de aliento, pero el caído, que parecía padecer la mansedad del que va flotando a caballo, fue tratado como un terrorista de Al Qaeda. Así se prendió un fuego que ya lleva tres víctimas mortales y, fíjense si es grave, que el humo de la quema ha atravesado el Atlántico Norte y otros océanos para dejar caer sus cenizas por Europa y el resto del mundo.

Cuán indecente y soberbio puede llegar a ser el hombre para creerse capaz de quitar una vida. ¿El supuesto uso de un billete falso de 20 dólares en un super? Cuán barato es morir por ser de color en Estados Unidos, donde las manzanas podridas del ideario KKK siguen fomentando el odio y la división de la nación...

Las llamas también llegaron hasta la comisaría de los culpables, y lo raro es que no haya ardido la Casa Blanca cuando el carismático y queridísimo Trump dice a los manifestantes que serán recibidos con «los perros más crueles y las armas más amenazantes». ¿Miedo? ¿A estas alturas? Será millonario pero no inteligente, porque sus tuits no atemorizan más que perder la vida. Y esa línea roja ya se quebró. En Detroit alguien disparó a un joven de 19 años que se había sumado a las protestas. Poco después fallecía en el Hospital. En Indianápolis sucedió lo mismo y así se ha ido desatando la furia en el país, dejando imágenes espeluznantes con saqueos, reyertas, gente atropellada por coches de policía y atrocidades varias que responden a la agresividad de las decisiones políticas: 25 ciudades en toque de queda nocturno y la Guardia Nacional —fuerzas militares— en las calles de 15 estados. Las sirenas y el caos no duermen en norteamérica. Un colega de profesión que ejerce allí como corresponsal, Javier Romualdo, aseguraba que «esta explosión de violencia se ha cultivado a fuego lento, no es cosa de un día ni de un crimen injusto». Tiene toda la razón, pero también a fuego lento se retuerce cualquiera del tormento que insufla la agonía desprendida por la voz rota de ese hombre. El I can’t breathe se clava como un puñal en las entrañas y deja una cicatriz de tristeza e impotencia inolvidable, imperdonable. Y yo no puedo respirar porque toda esa fobia, animadversión y repulsión extrema a la raza la he visto y presenciado en numerosas ocasiones, en León, en Sevilla y hasta en Cuba. Lo cual me rompe el corazón en mil pedazos. «Nacemos libres e iguales en derechos y dignidad», reza el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Que alguien se lo recuerde al teñido pato Donald y a todos los líderes mundiales que fomentan el racismo. Y si no, que dejen paso a los niños para que nos gobiernen, que ellos sí saben de qué va este juego.

No puedo respirar
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