viernes. 01.07.2022

Reset

Cuán jodida es la vuelta de las vacaciones. Se le olvida a uno hasta escribir, aunque creo ya he aterrizado. O no. La palabra aterrizar, de raíces latinas, debe significar algo tal que «tocar tierra desde el aire», como si se tratara de un proceso lento en el que cada una de sus fases se desarrolla de forma sosegada. Pues el otro día me lleve un hostión, en caída libre y a velocidad supersónica, cuando una amiga me dijo que un desconocido le había enviado una foto de su pene por mensaje directo (MD) a Instagram. Qué sutil aterrizaje. Resulta que es frecuente encontrar, mientras ojeas los stories —publicaciones que sólo duran 24 horas, como los ‘estados’ de WhatsApp—, más testimonios de chicas que se preguntan si este tipo de actos son denunciables. Por lo visto, el mismo individuo también envió a otras tres mozas su particular autorretrato —imagínenselo concentrado, posando a lo Nacho Vidal, escogiendo el pedazo de carne a mostrar, apretando el culo para marcar músculos, buscando el ángulo perfecto... ¿Picado o contrapicado?—. 


Repugnante. El problema de fondo no da tanta coba a ironizar, porque es gravísimo. La sociedad está hipersexualizada y eso no es nuevo. Cada vez las chicas se compran tangas y tops a más temprana edad, y los chicos posan en redes marcando el imberbe paquete y los casi abdominales con trece años. No puede ser nada sano. La cultura del postureo sólo representa los complejos que muchos adolescentes quieren esconder bajo la ventana de una aplicación de móvil que les permite llevar y presumir de una vida que ansían, pero no tienen. Eso debe generar grandes problemas de autoestima. Pero pasar de  ‘ser un posturas’ a enviar fotos de los genitales es otra historia. ¿Qué fenómeno sociológico se oculta tras dichas actitudes? ¿Es ésta la forma de ligar que tienen los machitos de la generación Z? ¿Fotopolla y, ya, si eso luego, te invito a un café? Qué bonito...


Lo malo es que ellos no son los únicos. Ellas también. Retratos con poca ropa o, directamente, en canicas, destinados a —¿a qué?—; y que probablemente correrán como la pólvora para que la autora acabe bautizada como ‘una guarra’. Cuando lo hace un varón habría que llamarle también ‘un guarro’, o ‘un puto’. «¡¿Pero esto qué es?!», como grita Antonio Recio. Quizá sea una forma de intentar llamar la atención. O a lo mejor se sienten poderosos y es un modo de reafirmar su virilidad. Puede que busquen divertirse. Que les provoque morbo. Que se sientan inferiores y frustrados. Aunque lo más probable es que estén buscando echar un polvo; y el acto más desesperado y robótico con el que son capaces de manifestar su deseo sexual es acosar con imágenes de sus partes íntimas a cuántas jóvenes puedan, y viceversa. Seguro que alguno o alguna cae, pensarán. A fin de cuentas, el porno les queda a un clic, y el sexo a un MD. Que venga alguien le de al reset, que este mundo se va a la mierda.

Reset
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