domingo 24/10/21

Terror en el Valle del Hambre (I)

La España Vaciada sigue castigada por el olvido. En algunas zonas el abandono alcanza tal magnitud que se asimila en mayor medida al salvaje oeste que a una civilización contemporánea. El carácter de quiénes allí habitan también parece, en ocasiones, de otra época. De otro momento más cruel. Más gris. Este es el caso de un pastor en San Martín de Valdetuéjar, un hombre de nacionalidad extranjera cuyo éxodo concluyó, sin saber muy bien cómo, en el Valle del Hambre.

Se conoce con tan peculiar apodo a los nueve pueblos que riegan sus tierras con el agua del río Tuéjar, el cual da nombre al valle como caudal principal en el que mueren numerosos afluentes. Los robles, tojos y brezos murmullan entre colladas para dar cobijo a todo tipo de fauna salvaje. Ciervos, corzos, jabalíes, zorros y lobos son los transeúntes más comunes de este paraje insólito de la comarca de Valderrueda. La tiranía de los marqueses del Prado, señores feudales conocidos históricamente por sojuzgar a todos los habitantes con impuestos despiadados, tanto que apenas les quedaba para comer tras pagar el vasallaje, caracteriza el sobrenombre del enclave. En la actualidad, es una tierra castigada por el fin de la minería y la desaparición del ferrocarril de vía estrecha, con pocas opciones fuera del pastoreo y la ganadería. Tal vez por ello decidió instalarse allí este pastor, que recorre el campo en paz y armonía salvo cuando sus cabras son brutalmente atacadas por el lobo. Ha ocurrido más de una vez, generando pérdidas que son pobremente compensadas por la Junta sin ninguna celeridad. Es comprensible, entonces, que la solución adoptada por el ganadero para proteger a su rebaño haya sido acompañarlo por perros enormes para defender, agresivamente, el principal activo financiero de su dueño en forma de lácteos, pieles o carne. El problema viene cuando estas bestias medio salvajes la toman contra personas.

Jamás pasé tanto terror en toda mi vida. Caminaba tranquilamente con Sara hacia la laguna cuando uno de esos canes comenzó a ladrar. Nuestra reacción fue normal y continuamos la ruta sin prestarle demasiada atención. Sin embargo, a los pocos metros, otros dos de la misma envergadura comenzaron a acorralarnos, entre acercamientos amenazantes y broncos gruñidos. El nerviosismo nos delató al aparecer otros tres tusos. En ese momento, decidimos dar media vuelta y comenzamos a andar apresuradamente hacia el pastor, que se encontraba a unos 300 metros. Los guardianes del ganado se acercaban más y más, rodeándonos y lanzando violentos mordiscos que tuvimos que esquivar a carreras. El fango que inundaba el verde nos dificultó la huida y en mi cerebro intentaba asimilar que, si caía al suelo, seis perros potencialmente peligrosos se me echarían encima y tendría que matarme con ellos...

Terror en el Valle del Hambre (I)
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